sábado, 5 de noviembre de 2011

Anatomía de las contradicciones

Puedo romper a llorar por la nimiedad más vana, y mantener una sequía en las pestañas ante las mayores catástrofes. En lo grave es cuando más fuerte hay que ser, huyo con paso ligero de los circos y las atenciones, me agobian las preguntas y el análisis ajeno de las penas. Mi escombros y despojos son míos, yo me los guiso y yo me los como.
Puedo desbordarme en un autobús abarrotado de gente desconocida, y mantener la sonrisa que esconda los arañazos más profundos ante aquellos que me conocen. Y solo notarán un tono ligeramente malhumorado, pero nunca la voz quebrada ni el nudo en la garganta.
Una muchacha me ofreció un pañuelo en el autobús, y lo acepté con una sonrisa en la cara. Pero no cojo la mano que me tienden hasta que no me es insistida veinte veces.
Cuando una canción me dolía la escuchaba mil ocasiones hasta quedar insensibilizada a ella. Y cuando tenía que ahogarme, me encerraba en la bañera con pestillo y cerrojo. Cambié de promesas y de piel en cada nuevo naufragio... Tabla de mi propia salvación.
De repente me estorba y me sobra todo el mundo, y al segundo me abrazo las rodillas y maldigo la soledad. Odio la lluvia porque me vuelve grises y mojados los pensamientos, y al mismo tiempo adoro bailar debajo del chaparrón, desarmada, sin paraguas y sin disfraz, bajo las nubes que lloran.
Mis ojos pueden ser los más azules y llenos de vida, y también los más rojos y borrachos de mar.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Insight

Tu abrazo y el mío no encajaban,
por eso dormíamos en la misma cama pero espalda contra espalda.
Tú, mirando a la pared, enjaulado entre ella y mi cuerpo,
yo, al borde del precipicio del colchón,
rozando tu piel pero sin llegar a adherirme.
Y tú escapabas de esa isla, excusado por dolor de columna y vértebras,
y yo maldecía tus huesos incapaces de soportar una noche conmigo,
tus articulaciones a las que no le merecía la pena
el calor del lecho compartido.

Yo odio esperar y tú siempre llegabas tarde.
Los mintutos pasaban y yo enfurecía a cada segundo,
un poco más,
reencuentros lleno de reproches y excusas
en vez de abrazos cálidos.

Tú tenías tortículis de mirar hacia atrás
y yo quería solo prestarle atención al futuro,
compensar los errores y demostrar.
Tú no conseguías olvidar, ni comprender, ni perdonar.
Y yo, en consecuencia, tampoco pude.

Te escribí un cuento que hablaba de nostros
y un poema de tus ojos de agua.
Tú, me regalaste una canción,
que no era tuya,
y que no hablaba ni de tí ni de mí.

No te gustaba que te tocaran el pelo,
y yo adoraba sumergir mis manos
en las profundidades de tus rizos espesos.

Porque no se trata de la boca frondosa y la sonrisa imaginada,
ni la curva de los hombros más perfecta.
No se hace a un alma completa inundándola con unos ojos de agua,
que sólo calman la sed a corto plazo, y después, se evaporan.

Tus labios encajaban en los míos,
y tu saliva endulzaba mis quejidos,
pero tu abrazo no se almodaba a mi abrazo.

domingo, 18 de septiembre de 2011

Contra viento y marea

Ponte el moño apretao, sirena, que se joda el viento,
rompe las horquillas de espuma
y déjame que te remache sonrisas de hierro
de esas que disipan las brumas,
que sé que entre los males nos lloverán cristales,
yo iré descalzo y tú desnuda
al son del amor del ronco tambor que toque la luna,

vamos a trepar a la copa de éste sol de enero,
y a hacer un nido en su ramaje,
y allí reírnos viendo como a cada minutero
se lo devora el oleaje,
y cuando entre mis brazos resuenen cañonazos
yo iré perdido entre tus dunas
dejándolo todo, quemando los tronos donde reinen dudas,

y báñate en mis ojos, que se joda el mar
que quiera mecerte a su antojo,
si no somos nadie a nadie va a encontrar,
y si a las heridas quiere echarles sal
solo va a encontrarse cerrojos
y las cicatrices de la soledad,

coge resina para untarnos poco a poco el cuerpo,
por si vuelve la ventolera,
y mientras tanto, entre los huecos que nos deje el tiempo
deja volar tu cabellera,
que si a nuestra locura vuelven nubes oscuras
nos cogerán frente con frente y codo con codo,
cada vez más solos, rodeados
de gente.

y báñate en mis ojos, que se joda el mar
que quiera mecerte a su antojo,
si no somos nadie a nadie va a encontrar,
y si a las heridas quiere echarles sal
solo va a encontrarse cerrojos
y las cicatrices de la soledad.

Que se joda el viento, Marea

lunes, 12 de septiembre de 2011

Un otoño el demonio no se presentó

Será que todas las canciones hablan de Abril, y estaba escrito en una estrofa de ellas. De tanto mirar la frase escrita en el reverso de mi anillo, pasó de deseo a verdad.
Esto dura demasiado tiempo, no estoy acostumbrada a unos ojos tan secos. Mi rincón me echa de menos, me pregunta por mis antiguos pataleos y sollozos. Y esa bañera, que se inundó un día sin necesidad de abrir el grifo. Y un "lo siento" escrito con pintalabios rojo en un poss-it por unas manos enajenadas y culpables. Quizá lo más complicado es entedenrse a uno mismo, y después, perdonarse.

El verano acaba pero se avecina el invierno más cálido en años. Ahora no hay cambios estacionales, bruscos e intrépidos, la calma es estable y parece perenne. La tranquilidad, tan impropia de mí, tan serena, tan desconocida... tan anhelada. Pero nunca lo que me rodea puede ser ordenado, esta es una tranquilidad personalizada. Un huracán domesticado en inesperada brisa. Pero real.

Anoche las pestañas se me empaparon, y no era ni de dolor, ni de pena, ni de rabia. Fue la tormenta de mis ojos, la tormenta que trae la calma.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Adiós

"No te dejes abatir por las despedidas.
Son indispensables como preparación para el reencuentro.
Y es seguro que los amigos se reencontrarán
después de algunos momentos o de todo un ciclo vital."
Richard Bach

Mi madre me escribió esto en una tarjeta enorme, cuando tenía 9 años e iba a cambiar de colegio. Entonces no comprendí el verdadero significado.

Ahora, tengo agujetas de tanta despedida.
En la parada del bus, en un abrazo contenido, en un andén, en un coche clavándote el cinturón de seguridad, en un llanto descontrolado con hipo y sorbos de nariz, en un mensaje al móvil, en susurros silenciosos o en promesas para olvidar, en la esquina de una calle lluviosa, en una canción (photofinish), en la puerta de tu casa... Hasta pronto, no te vayas, déjame ir contigo, te quiero, te echaré de menos, no te olvidaré, llámame, de haberlo sabido... Adiós.
Despedidas de todos los colores y sabores.

Pero después de casi todas las despedidas siempre hay un reencuentro. Casual o buscado, esperado o imprevisto, llega y trae consigo una explosión de confusa alegría. Un abrazo largo y fuerte, unos ojos chispeantes y vivaces.
Porque el tiempo y la distancia son dos palabras que duelen cuando las piensas pero alivian cuando las sientes. Enemigos y aliados.

A veces es necesario que los días recoloquen las palabras y sentimientos lanzados antaño, y ocupen un nuevo lugar.
Decir adiós te hace crecer a golpes, decir hola de nuevo te hace madurar con calma.

No te dejes abatir... El reencuentro llegará.

sábado, 27 de agosto de 2011

El que tiene boca..

Black.
Me equivoqué contigo. Pensé que encarnabas la pureza de algo en lo que aún no quería dejar de creer. Pero no. No estabas orgulloso, quererme no te hizo ser mejor persona, si no lo contrario. Y ahora dices que quieres olvidar el yo que eras cuando me amabas. No te era suficiente, sólo me dejaste permanecer a tu lado por esa esperanza, no porque te mereciera la pena.
Guardo un corazón de corcho en una leja de mi cuarto, y una rana cuyo verde ya esta desgastado de aferrarme a ella, de utilizarla como almohada. Tanto tiempo aguantando las palabras humedecidas por alcohol y lágrimas, la incomodez de lo no correspondido, defendiéndote ante quien osara inmiscuirse, con mi amistad y mi confianza en tí como escudo, tanto... Para que en el momento en el que al fin los dos conseguimos ser felices no lo podamos compartir. Y no quieras que yo sea partícipe de ello.
Pensé que tu amor era el más altruista de cuantos me habían salpicado.
All the pictures have all been washed in black, tattooed everything...

Naufragio.
Me equivoqué, también, contigo. Me impregnaste en las palabras y la atención que necesitaba cuando a la deriva estaba, y me agarré a ello como tabla de salvación. Yo sabía que no tardaría en hundirme de nuevo. Te lo advertí: no quisiste escucharme. Te hablaba con la sabiduría de quien ha fracasado, y no quisiste oir lo que tu corazón no deseaba sufrir. También te enfermó la esperanza de la espera.
Debí haberme dado cuenta antes de que las piezas nunca encajarían. Llegué tarde, y tu alma ya estaba echa añicos. Aún así, pensé que lo importante seguían siendo las personas y los vínculos. Pero no. De mí sólo te era útil un formato, y los demás...merecían ser borrados. Y ahora tu piel ha mudado en rencor, y ni siquiera valoras lo más grande que has tenido, y no soy yo.
Restos de un naufragio que trajeron las olas..


Lo peor de todo esto es que aún me importa. Que no lo he olvidado.
Palabras...todas llevadas por el viento.

martes, 2 de agosto de 2011

En la punta de la lengua

El estado de nuestra conciencia es peculiar. Hay un hueco allí, algo más que un hueco. Es un hueco intensamente activo. Algo como el espectro del nombre está ahí, invitándonos con señas en una determinada dirección, haciéndonos percibir en algunos momentos el hormigueo de una sensación de cercanía y luego dejándonos de nuevo hundidos sin el esperado término. Si se nos sugieren nombres incorrectos, este hueco singular actúa inmediatamente negándolos. No encajan en su molde. Y el hueco de una palabra no se siente como el hueco de otra... El ritmo de una palabra perdida puede estar ahí sin un sonido que la arrope.
William James, 1950.

Puede que no fuera más que un trozo buscando otro trozo. No una mitad, sino un hueco. Esperando la palabra, el nombre oportuno, aquel que encaja sin necesidad de lubricante, ni de fricción, sin someterlo a fuerza. Se desliza, suave... Sin necesidad de cambiar. Sin tener que ser otro, sin disfrazarse, ni mutar ni jugar a ser distinto.
Sólo una pieza encajaba en ese hueco. Quise forzar, quise que encajaran otras palabras a puñetazos, a patadas, con saliva, con lágrimas. Pero no hay sonidos de plastilina. No son moldeables, no les puedes dar la forma que se adapte a los recovecos de tu piel.
No quería cambiar, no quería que nadie cambiase por mí. Buscaba el ritmo de mi palabra perdida, que se encontrase con el sonido que la esperaba, con los brazos abiertos, con las esquinas y las curvas que eran perfectas por el simple hecho de que no tenían que modificarse.
Y así, las palabras encuentran su sonido, el sonido encuentra la voz o los dedos, y al pronunciarlas, todo es fácil... No requiere esfuerzo, es un engranaje hecho para funcionar. Intenso y activo, ese hueco sabe de qué será llenado, anticipa la cercanía, hormigueo y cosquilleo, los movimientos inconscientes y sin pensar te van marcando el camino, te hacen evidente una verdad que está oculta, intensa y activa.
Ni media naranja, ni gajos. Sólo un hueco, esperando. Cambiarlo todo envuelto en la sencillez de las palabras.

Pienso mucho en tí..

sábado, 23 de julio de 2011

Surgen inventarios de las quejas que echaste al aire, sin motivo. Te sientes estúpida por esas veces en que te sentiste desgraciada por nimiedades.
La muerte hace que te des cuenta de qué es lo importante. Le da sentido a las lágrimas: ahora los mares en las pestañas tienen justificación.

Las palabras, solo entonces, se vuelven inútiles. Ninguna logra provocar alivio, es saliva malgastada, buenas intenciones que no sirven para nada. La muerte te hace amar el silencio, la presencia sin sonidos, un apretón en la mano, un guiño de ojos lleno de complicidad.

Los discursos de ese Dios en el que no crees son como arañazos en la herida. Impotencia y rabia. No necesito aferrarme a esa fé. No hay un lugar mejor que éste, no hay mayor paraiso que respirar la luz de la mañana, reir a carcajada, gritar. Estar vivo. La muerte hace que me resulten insoportables los ritos y las tradiciones.

Las miradas y los gestos de los que siempren han estado ahí son tu escudo, la tabla de salvación. Te duele más el dolor del que está a tu lado que el tuyo propio. La muerte hace que valore aún más la familia. El único amor que nunca se acaba.

Imaginas multitud de posibles tragedias. Todo tintado de negro, brazos húmedos y puñetazos al aire. Y una constante macabra pregunta en tu mente: ¿quién será el próximo? La muerte hace que seas consciente de la cercanía muerte.

Tantas cosas que me quedan por hacer. Apreciar la intensidad de mis emociones. Me tatuo un lema en las manos: También esto pasará. Se pasa, se va, todo. Llençat.
Y a ver los tropiezos como experiencias, los fallos como aprendizajes, la mínima sonrisa como un regalo. Prestarle más atención a los pequeños instantes.
Agarrar cualquier excusa para echar de nuevo a volar.

La muerte te hace valorar la vida.

jueves, 2 de junio de 2011

22

El 12 es un 21 invertido.

A veces le doy exagerada importancia a las casualidades, a los números, a las cifras y a los detalles minúsculos que parecen cargados de significado. Una fecha o una palabra pueden llenarse de significado si uno se lo otorga. En sí, solos, no son nada, sólo una forma o un símbolo.

Hace 12 meses, le dí mucha importancia al número 21. Pensaba que iba a ser nuestro año, porque el 21 era nuestro cifra, esa a la que le concedí relevancia tiempo atrás, porque algo especial sucedió en ella, y tendemos a pensar que los acontecimientos se repiten eternamente, y que lo que una vez tuvo un significado, debe seguir teniéndolo, solo por el hecho de estar grabado en nuestra memoria, almacenado en los recovecos de nuestro recuerdo. Un simple número de dos cifras, ése, ése es singular y no otro.

Llegaron los 21, y sí, fue nuestro año, pero en un sentido completamente distinto a como hubieran querido nuestras aún esperanzadas pieles, cansadas de tanto arañarse la una a la otra, hartas de llantos, peleas y arrebatadas reconciliaciones llenas de ternura y pasión, pero también de rencor e incomprensión. Ha sido el año en que hemos conseguido desprendernos y desengancharnos el uno del otro.
Solemos recordar con especial fuerza cuando comienza algo importante, y descuidamos el detalle que acompaña al fin, como si quisiéramos olvidarlo, como si fuera menos importante el final que el principio. Pero es el final el que conduce al inicio, al comienzo de algo nuevo y no por ello menos destacable.

Los 21 empezaron con un fuerte insight, un poderoso y resignado “no puede ser”, tal día como hoy, solo que 12 meses atrás. La distancia de un año puede cambiarlo completamente todo.

Después de aquello, fui más muchacha salvaje que nunca, contigo pero también sin tí, y tus ojos siguieron siendo unos ojos de agua donde perderme y acurrucarme, donde encontrarnos cuando la añoranza podía con la determinación. Recaídas y más recaídas, y luego la decepción y la distancia, y más tarde el perdón, y el reencuentro, pero no untado en sudor, corazón y saliva como los de antes, si no empapado en cambios que nos hacían dar un paso más adelante, y otro más, y otro, en direcciones opuestas.

Y sé que al final podremos olvidar y ser libres, y también sé que nunca te olvidaré. Podré seguir con esa contradicción, podré seguir mientras sepa que aún tus ojos son de agua, y que aún me quieren mirar de vez en cuando. He aprendido a ser yo, sin ti, conmigo, y ya no seré más muchacha salvaje, pero sí reina, reina de ese espacio lleno de recuerdos que creamos hace ya muchas noches, reina de esas ruinas que quedan, pedazos y trozos que han desembocado en esto, en estos dos doses que se acercan, que anuncia el irrevocable fin del 21. Continuaré viajando a ese lugar de vez en cuando con una sonrisa en las pestañas, y una sana melancolía en la boca; seguiré luchando porque no seamos dos extraños, aunque ya no haya un nosotros, seguirá existiendo un tú y yo, un yo, sin tí, conmigo.

Y llego a estos 22 sola, cuando sola quiere decir sin que estés a mi lado, llego con la fuerza que he logrado tras trescientos tropezones y cientos de cicatrices que curaste y después abriste, y curaste, y abriste, curaste, y abriste... Salgo de círculo y de la espiral.

Ahora voy en línea recta.