Black.
Me equivoqué contigo. Pensé que encarnabas la pureza de algo en lo que aún no quería dejar de creer. Pero no. No estabas orgulloso, quererme no te hizo ser mejor persona, si no lo contrario. Y ahora dices que quieres olvidar el yo que eras cuando me amabas. No te era suficiente, sólo me dejaste permanecer a tu lado por esa esperanza, no porque te mereciera la pena.
Guardo un corazón de corcho en una leja de mi cuarto, y una rana cuyo verde ya esta desgastado de aferrarme a ella, de utilizarla como almohada. Tanto tiempo aguantando las palabras humedecidas por alcohol y lágrimas, la incomodez de lo no correspondido, defendiéndote ante quien osara inmiscuirse, con mi amistad y mi confianza en tí como escudo, tanto... Para que en el momento en el que al fin los dos conseguimos ser felices no lo podamos compartir. Y no quieras que yo sea partícipe de ello.
Pensé que tu amor era el más altruista de cuantos me habían salpicado.
All the pictures have all been washed in black, tattooed everything...
Naufragio.
Me equivoqué, también, contigo. Me impregnaste en las palabras y la atención que necesitaba cuando a la deriva estaba, y me agarré a ello como tabla de salvación. Yo sabía que no tardaría en hundirme de nuevo. Te lo advertí: no quisiste escucharme. Te hablaba con la sabiduría de quien ha fracasado, y no quisiste oir lo que tu corazón no deseaba sufrir. También te enfermó la esperanza de la espera.
Debí haberme dado cuenta antes de que las piezas nunca encajarían. Llegué tarde, y tu alma ya estaba echa añicos. Aún así, pensé que lo importante seguían siendo las personas y los vínculos. Pero no. De mí sólo te era útil un formato, y los demás...merecían ser borrados. Y ahora tu piel ha mudado en rencor, y ni siquiera valoras lo más grande que has tenido, y no soy yo.
Restos de un naufragio que trajeron las olas..
Lo peor de todo esto es que aún me importa. Que no lo he olvidado.
Palabras...todas llevadas por el viento.
sábado, 27 de agosto de 2011
martes, 2 de agosto de 2011
En la punta de la lengua
El estado de nuestra conciencia es peculiar. Hay un hueco allí, algo más que un hueco. Es un hueco intensamente activo. Algo como el espectro del nombre está ahí, invitándonos con señas en una determinada dirección, haciéndonos percibir en algunos momentos el hormigueo de una sensación de cercanía y luego dejándonos de nuevo hundidos sin el esperado término. Si se nos sugieren nombres incorrectos, este hueco singular actúa inmediatamente negándolos. No encajan en su molde. Y el hueco de una palabra no se siente como el hueco de otra... El ritmo de una palabra perdida puede estar ahí sin un sonido que la arrope.
William James, 1950.
Puede que no fuera más que un trozo buscando otro trozo. No una mitad, sino un hueco. Esperando la palabra, el nombre oportuno, aquel que encaja sin necesidad de lubricante, ni de fricción, sin someterlo a fuerza. Se desliza, suave... Sin necesidad de cambiar. Sin tener que ser otro, sin disfrazarse, ni mutar ni jugar a ser distinto.
Sólo una pieza encajaba en ese hueco. Quise forzar, quise que encajaran otras palabras a puñetazos, a patadas, con saliva, con lágrimas. Pero no hay sonidos de plastilina. No son moldeables, no les puedes dar la forma que se adapte a los recovecos de tu piel.
No quería cambiar, no quería que nadie cambiase por mí. Buscaba el ritmo de mi palabra perdida, que se encontrase con el sonido que la esperaba, con los brazos abiertos, con las esquinas y las curvas que eran perfectas por el simple hecho de que no tenían que modificarse.
Y así, las palabras encuentran su sonido, el sonido encuentra la voz o los dedos, y al pronunciarlas, todo es fácil... No requiere esfuerzo, es un engranaje hecho para funcionar. Intenso y activo, ese hueco sabe de qué será llenado, anticipa la cercanía, hormigueo y cosquilleo, los movimientos inconscientes y sin pensar te van marcando el camino, te hacen evidente una verdad que está oculta, intensa y activa.
Ni media naranja, ni gajos. Sólo un hueco, esperando. Cambiarlo todo envuelto en la sencillez de las palabras.
Pienso mucho en tí..
jueves, 28 de julio de 2011
Azul y rojo
Nunca he tenido el corazón tan Rojo.
Ni los ojos tan azules. Ese azul nos va a salvar, ese azul nos va a alcanzar..
Ni los ojos tan azules. Ese azul nos va a salvar, ese azul nos va a alcanzar..
sábado, 23 de julio de 2011
Surgen inventarios de las quejas que echaste al aire, sin motivo. Te sientes estúpida por esas veces en que te sentiste desgraciada por nimiedades.
La muerte hace que te des cuenta de qué es lo importante. Le da sentido a las lágrimas: ahora los mares en las pestañas tienen justificación.
Las palabras, solo entonces, se vuelven inútiles. Ninguna logra provocar alivio, es saliva malgastada, buenas intenciones que no sirven para nada. La muerte te hace amar el silencio, la presencia sin sonidos, un apretón en la mano, un guiño de ojos lleno de complicidad.
Los discursos de ese Dios en el que no crees son como arañazos en la herida. Impotencia y rabia. No necesito aferrarme a esa fé. No hay un lugar mejor que éste, no hay mayor paraiso que respirar la luz de la mañana, reir a carcajada, gritar. Estar vivo. La muerte hace que me resulten insoportables los ritos y las tradiciones.
Las miradas y los gestos de los que siempren han estado ahí son tu escudo, la tabla de salvación. Te duele más el dolor del que está a tu lado que el tuyo propio. La muerte hace que valore aún más la familia. El único amor que nunca se acaba.
Imaginas multitud de posibles tragedias. Todo tintado de negro, brazos húmedos y puñetazos al aire. Y una constante macabra pregunta en tu mente: ¿quién será el próximo? La muerte hace que seas consciente de la cercanía muerte.
Tantas cosas que me quedan por hacer. Apreciar la intensidad de mis emociones. Me tatuo un lema en las manos: También esto pasará. Se pasa, se va, todo. Llençat.
Y a ver los tropiezos como experiencias, los fallos como aprendizajes, la mínima sonrisa como un regalo. Prestarle más atención a los pequeños instantes.
Agarrar cualquier excusa para echar de nuevo a volar.
La muerte te hace valorar la vida.
La muerte hace que te des cuenta de qué es lo importante. Le da sentido a las lágrimas: ahora los mares en las pestañas tienen justificación.
Las palabras, solo entonces, se vuelven inútiles. Ninguna logra provocar alivio, es saliva malgastada, buenas intenciones que no sirven para nada. La muerte te hace amar el silencio, la presencia sin sonidos, un apretón en la mano, un guiño de ojos lleno de complicidad.
Los discursos de ese Dios en el que no crees son como arañazos en la herida. Impotencia y rabia. No necesito aferrarme a esa fé. No hay un lugar mejor que éste, no hay mayor paraiso que respirar la luz de la mañana, reir a carcajada, gritar. Estar vivo. La muerte hace que me resulten insoportables los ritos y las tradiciones.
Las miradas y los gestos de los que siempren han estado ahí son tu escudo, la tabla de salvación. Te duele más el dolor del que está a tu lado que el tuyo propio. La muerte hace que valore aún más la familia. El único amor que nunca se acaba.
Imaginas multitud de posibles tragedias. Todo tintado de negro, brazos húmedos y puñetazos al aire. Y una constante macabra pregunta en tu mente: ¿quién será el próximo? La muerte hace que seas consciente de la cercanía muerte.
Tantas cosas que me quedan por hacer. Apreciar la intensidad de mis emociones. Me tatuo un lema en las manos: También esto pasará. Se pasa, se va, todo. Llençat.
Y a ver los tropiezos como experiencias, los fallos como aprendizajes, la mínima sonrisa como un regalo. Prestarle más atención a los pequeños instantes.
Agarrar cualquier excusa para echar de nuevo a volar.
La muerte te hace valorar la vida.
jueves, 2 de junio de 2011
22
El 12 es un 21 invertido.
A veces le doy exagerada importancia a las casualidades, a los números, a las cifras y a los detalles minúsculos que parecen cargados de significado. Una fecha o una palabra pueden llenarse de significado si uno se lo otorga. En sí, solos, no son nada, sólo una forma o un símbolo.
Hace 12 meses, le dí mucha importancia al número 21. Pensaba que iba a ser nuestro año, porque el 21 era nuestro cifra, esa a la que le concedí relevancia tiempo atrás, porque algo especial sucedió en ella, y tendemos a pensar que los acontecimientos se repiten eternamente, y que lo que una vez tuvo un significado, debe seguir teniéndolo, solo por el hecho de estar grabado en nuestra memoria, almacenado en los recovecos de nuestro recuerdo. Un simple número de dos cifras, ése, ése es singular y no otro.
Llegaron los 21, y sí, fue nuestro año, pero en un sentido completamente distinto a como hubieran querido nuestras aún esperanzadas pieles, cansadas de tanto arañarse la una a la otra, hartas de llantos, peleas y arrebatadas reconciliaciones llenas de ternura y pasión, pero también de rencor e incomprensión. Ha sido el año en que hemos conseguido desprendernos y desengancharnos el uno del otro.
Solemos recordar con especial fuerza cuando comienza algo importante, y descuidamos el detalle que acompaña al fin, como si quisiéramos olvidarlo, como si fuera menos importante el final que el principio. Pero es el final el que conduce al inicio, al comienzo de algo nuevo y no por ello menos destacable.
Los 21 empezaron con un fuerte insight, un poderoso y resignado “no puede ser”, tal día como hoy, solo que 12 meses atrás. La distancia de un año puede cambiarlo completamente todo.
Después de aquello, fui más muchacha salvaje que nunca, contigo pero también sin tí, y tus ojos siguieron siendo unos ojos de agua donde perderme y acurrucarme, donde encontrarnos cuando la añoranza podía con la determinación. Recaídas y más recaídas, y luego la decepción y la distancia, y más tarde el perdón, y el reencuentro, pero no untado en sudor, corazón y saliva como los de antes, si no empapado en cambios que nos hacían dar un paso más adelante, y otro más, y otro, en direcciones opuestas.
Y sé que al final podremos olvidar y ser libres, y también sé que nunca te olvidaré. Podré seguir con esa contradicción, podré seguir mientras sepa que aún tus ojos son de agua, y que aún me quieren mirar de vez en cuando. He aprendido a ser yo, sin ti, conmigo, y ya no seré más muchacha salvaje, pero sí reina, reina de ese espacio lleno de recuerdos que creamos hace ya muchas noches, reina de esas ruinas que quedan, pedazos y trozos que han desembocado en esto, en estos dos doses que se acercan, que anuncia el irrevocable fin del 21. Continuaré viajando a ese lugar de vez en cuando con una sonrisa en las pestañas, y una sana melancolía en la boca; seguiré luchando porque no seamos dos extraños, aunque ya no haya un nosotros, seguirá existiendo un tú y yo, un yo, sin tí, conmigo.
Y llego a estos 22 sola, cuando sola quiere decir sin que estés a mi lado, llego con la fuerza que he logrado tras trescientos tropezones y cientos de cicatrices que curaste y después abriste, y curaste, y abriste, curaste, y abriste... Salgo de círculo y de la espiral.
Ahora voy en línea recta.
A veces le doy exagerada importancia a las casualidades, a los números, a las cifras y a los detalles minúsculos que parecen cargados de significado. Una fecha o una palabra pueden llenarse de significado si uno se lo otorga. En sí, solos, no son nada, sólo una forma o un símbolo.
Hace 12 meses, le dí mucha importancia al número 21. Pensaba que iba a ser nuestro año, porque el 21 era nuestro cifra, esa a la que le concedí relevancia tiempo atrás, porque algo especial sucedió en ella, y tendemos a pensar que los acontecimientos se repiten eternamente, y que lo que una vez tuvo un significado, debe seguir teniéndolo, solo por el hecho de estar grabado en nuestra memoria, almacenado en los recovecos de nuestro recuerdo. Un simple número de dos cifras, ése, ése es singular y no otro.
Llegaron los 21, y sí, fue nuestro año, pero en un sentido completamente distinto a como hubieran querido nuestras aún esperanzadas pieles, cansadas de tanto arañarse la una a la otra, hartas de llantos, peleas y arrebatadas reconciliaciones llenas de ternura y pasión, pero también de rencor e incomprensión. Ha sido el año en que hemos conseguido desprendernos y desengancharnos el uno del otro.
Solemos recordar con especial fuerza cuando comienza algo importante, y descuidamos el detalle que acompaña al fin, como si quisiéramos olvidarlo, como si fuera menos importante el final que el principio. Pero es el final el que conduce al inicio, al comienzo de algo nuevo y no por ello menos destacable.
Los 21 empezaron con un fuerte insight, un poderoso y resignado “no puede ser”, tal día como hoy, solo que 12 meses atrás. La distancia de un año puede cambiarlo completamente todo.
Después de aquello, fui más muchacha salvaje que nunca, contigo pero también sin tí, y tus ojos siguieron siendo unos ojos de agua donde perderme y acurrucarme, donde encontrarnos cuando la añoranza podía con la determinación. Recaídas y más recaídas, y luego la decepción y la distancia, y más tarde el perdón, y el reencuentro, pero no untado en sudor, corazón y saliva como los de antes, si no empapado en cambios que nos hacían dar un paso más adelante, y otro más, y otro, en direcciones opuestas.
Y sé que al final podremos olvidar y ser libres, y también sé que nunca te olvidaré. Podré seguir con esa contradicción, podré seguir mientras sepa que aún tus ojos son de agua, y que aún me quieren mirar de vez en cuando. He aprendido a ser yo, sin ti, conmigo, y ya no seré más muchacha salvaje, pero sí reina, reina de ese espacio lleno de recuerdos que creamos hace ya muchas noches, reina de esas ruinas que quedan, pedazos y trozos que han desembocado en esto, en estos dos doses que se acercan, que anuncia el irrevocable fin del 21. Continuaré viajando a ese lugar de vez en cuando con una sonrisa en las pestañas, y una sana melancolía en la boca; seguiré luchando porque no seamos dos extraños, aunque ya no haya un nosotros, seguirá existiendo un tú y yo, un yo, sin tí, conmigo.
Y llego a estos 22 sola, cuando sola quiere decir sin que estés a mi lado, llego con la fuerza que he logrado tras trescientos tropezones y cientos de cicatrices que curaste y después abriste, y curaste, y abriste, curaste, y abriste... Salgo de círculo y de la espiral.
Ahora voy en línea recta.
viernes, 27 de mayo de 2011
Mañana
Mañana puede ser un gran día.
Quizá los semáforos se pongan en verde a tu paso, y no tengas que esperar el ascensor cuando llegues rendido a casa.
Puede que el modo aleatorio ponga justo la canción que necesitabas oir en ese momento, o que encuentres en los pantalones de verano ese preciado collar que creías perdido en invierno.
Tal vez tu madre te ha preparado tu comida favorita cuando vuelves hambriento a casa, o tal vez te pongas a estudiar esa asignatura tan complicada y descubras que la entiendes mucho mejor de lo que imaginabas.
Es posible que justo cuando te sientes en el sofá echen en la tele esa película que tantas ganas tenías de ver, o que tengas un sueño esta noche que te haga despertar con la sonrisa llena de color.
Hoy, no ha sido un buen día.
La cama me llama a gritos, las ranas me recomiendan que me acueste, que deje que llegue a su fin.
La almohada dice mi nombre pero no le contaré ni de la lluvia, ni del agobio, ni de la impotencia, ni de la rabia.
Le haré caso al color verde, verde esperanza.
Mañana, sí... Mañana puede ser un buen día.
Quizá los semáforos se pongan en verde a tu paso, y no tengas que esperar el ascensor cuando llegues rendido a casa.
Puede que el modo aleatorio ponga justo la canción que necesitabas oir en ese momento, o que encuentres en los pantalones de verano ese preciado collar que creías perdido en invierno.
Tal vez tu madre te ha preparado tu comida favorita cuando vuelves hambriento a casa, o tal vez te pongas a estudiar esa asignatura tan complicada y descubras que la entiendes mucho mejor de lo que imaginabas.
Es posible que justo cuando te sientes en el sofá echen en la tele esa película que tantas ganas tenías de ver, o que tengas un sueño esta noche que te haga despertar con la sonrisa llena de color.
Hoy, no ha sido un buen día.
La cama me llama a gritos, las ranas me recomiendan que me acueste, que deje que llegue a su fin.
La almohada dice mi nombre pero no le contaré ni de la lluvia, ni del agobio, ni de la impotencia, ni de la rabia.
Le haré caso al color verde, verde esperanza.
Mañana, sí... Mañana puede ser un buen día.
martes, 17 de mayo de 2011
Con los cinco sentidos
Electricidad.
Los ojos se comen el cuerpo del otro en la distancia que les proporciona el deseo.
Una mirada descaradamente tímida, un pestañeo que anuncia la cercanía. La inercia que nos aproxima se nutre del contacto de tu iris con el mío, de tu párpado que me recorre, de mis pupilas que te atraviesan. Observamos con calma y con ansia el futuro anclaje de los dedos, el anunciado hospedaje de las cejas. Miro el hueco donde depositaré un beso, el trozo de mapa que arañaré. Disfruto tratando de visionar cómo quedarán tus vestiduras después de que las desgarre, ahora intactas, llenas de colores cálidos y suaves. Tú, me miras con salvaje inocencia, das un paso más, te acercas al precipicio.
Saboreamos las miradas y las convertimos en alimento.
Mi lengua no se conforma con los límites de tu boca, rompe fronteras y viaja al extranjero en busca de lugares inhóspitos, nunca explorados. Recorro los países dulces, los amargos, los picantes, los salados. Aprendemos de memoria el sabor de la urgencia creciente, me desayuno las palabras que se escapan de tus labios, y meriendo la piel que envuelve tus movimientos. Muerdes recovecos que no existían antes de que llegaras, masticas trozos de mis secretos que nunca habían sido pronunciados, lo paladeas todo y haces de ello un agitado postre. Tú, me besas despacio, das un paso más, te aproximas al vacío.
Se escuchan las caricias que rezuman vapor.
Hemos creado una banda sonora de suspiros, cada vez más fuertes, cada vez más evidentes. Retumban en el pecho los tambores, los latidos marcan el ritmo de esta melodía de piel, saliva y sudor. Haces acordes imposibles con mis cuerdas, aprietas el mástil de la guitarra de mis piernas. Te susurro letras que sólo hablan de tí y de mí, hace de este momento, letras de una canción recién inventada, sonidos que chocan en las paredes y se enredan en las tablas de la cama. Tú, me susurras detrás del oído, avanzas otro paso más.
Se huelen los gemidos que desgarran las gargantas.
El aroma del sudor impregnado de ganas. Los cuerpos desprenden anhelo contenido que explota, y se huele a sosegada impaciencia, a estallidos multicolor. Todo se impregna del aroma del futuro recuerdo, la esencia del éxtasis que no quiere ser olvidado. Aspiro hasta que se hinchan mis pulmones, hasta que tu sombra me empapa las venas. Tú, me hueles el pelo, respiración creciente, y caes, caemos al abismo.
Las manos tocan arcoiris de retales de desgarros.
Acariciamos las esquinas y las curvas de la irregularidad de los cuerpos, arañamos los huesos, desgarramos los músculos, se deshacen las pieles que nos disfrazan, y sólo somos dos animales cansados, solos, tú y yo, luchando contra el resto del mundo, dando manotazos a los demonios de las dudas, empujando a los muros del pasado. Rozas mi calma con tu aliento, palpas mi caos y lo domesticas, y mientras, yo, te rodeo con el dedo los lunares, peino con las yemas los poros de tu espalda, te enseño a base de dosis de piel la magia del contacto. Tú, me acaricias el hombro derecho, me aprietas fuerte la mano, me sacas del agujero, me llevas a la llanura de la paz sosegada de estas sábanas blancas.
Miradas perdidas, una vez descansadas, se vuelven a encontrar.
Renace, resurge, reluce y retumba la chispa.
Todo empieza de nuevo.
Sonrisa pícara. Mueca de grata sorpresa.
Electricidad...
Los ojos se comen el cuerpo del otro en la distancia que les proporciona el deseo.
Una mirada descaradamente tímida, un pestañeo que anuncia la cercanía. La inercia que nos aproxima se nutre del contacto de tu iris con el mío, de tu párpado que me recorre, de mis pupilas que te atraviesan. Observamos con calma y con ansia el futuro anclaje de los dedos, el anunciado hospedaje de las cejas. Miro el hueco donde depositaré un beso, el trozo de mapa que arañaré. Disfruto tratando de visionar cómo quedarán tus vestiduras después de que las desgarre, ahora intactas, llenas de colores cálidos y suaves. Tú, me miras con salvaje inocencia, das un paso más, te acercas al precipicio.
Saboreamos las miradas y las convertimos en alimento.
Mi lengua no se conforma con los límites de tu boca, rompe fronteras y viaja al extranjero en busca de lugares inhóspitos, nunca explorados. Recorro los países dulces, los amargos, los picantes, los salados. Aprendemos de memoria el sabor de la urgencia creciente, me desayuno las palabras que se escapan de tus labios, y meriendo la piel que envuelve tus movimientos. Muerdes recovecos que no existían antes de que llegaras, masticas trozos de mis secretos que nunca habían sido pronunciados, lo paladeas todo y haces de ello un agitado postre. Tú, me besas despacio, das un paso más, te aproximas al vacío.
Se escuchan las caricias que rezuman vapor.
Hemos creado una banda sonora de suspiros, cada vez más fuertes, cada vez más evidentes. Retumban en el pecho los tambores, los latidos marcan el ritmo de esta melodía de piel, saliva y sudor. Haces acordes imposibles con mis cuerdas, aprietas el mástil de la guitarra de mis piernas. Te susurro letras que sólo hablan de tí y de mí, hace de este momento, letras de una canción recién inventada, sonidos que chocan en las paredes y se enredan en las tablas de la cama. Tú, me susurras detrás del oído, avanzas otro paso más.
Se huelen los gemidos que desgarran las gargantas.
El aroma del sudor impregnado de ganas. Los cuerpos desprenden anhelo contenido que explota, y se huele a sosegada impaciencia, a estallidos multicolor. Todo se impregna del aroma del futuro recuerdo, la esencia del éxtasis que no quiere ser olvidado. Aspiro hasta que se hinchan mis pulmones, hasta que tu sombra me empapa las venas. Tú, me hueles el pelo, respiración creciente, y caes, caemos al abismo.
Las manos tocan arcoiris de retales de desgarros.
Acariciamos las esquinas y las curvas de la irregularidad de los cuerpos, arañamos los huesos, desgarramos los músculos, se deshacen las pieles que nos disfrazan, y sólo somos dos animales cansados, solos, tú y yo, luchando contra el resto del mundo, dando manotazos a los demonios de las dudas, empujando a los muros del pasado. Rozas mi calma con tu aliento, palpas mi caos y lo domesticas, y mientras, yo, te rodeo con el dedo los lunares, peino con las yemas los poros de tu espalda, te enseño a base de dosis de piel la magia del contacto. Tú, me acaricias el hombro derecho, me aprietas fuerte la mano, me sacas del agujero, me llevas a la llanura de la paz sosegada de estas sábanas blancas.
Miradas perdidas, una vez descansadas, se vuelven a encontrar.
Renace, resurge, reluce y retumba la chispa.
Todo empieza de nuevo.
Sonrisa pícara. Mueca de grata sorpresa.
Electricidad...
lunes, 2 de mayo de 2011
Coge una frol..
Me quiere, no me quiere, me quiere, no me quiere...
Arranca todas las flores del mundo. No importa cuántas. No servirá de nada. No serás feliz si tu bienestar depende de los demás. Quizá resulte duro refutar lo que te han intentado inclucar toda tu vida, sobre todo si eres mujer. Pero sí, hay mundo más allá, hay algo más importante que ser amado.
Olvida las canciones, echa a la basura los consejos, lo racional, lo que hay que hacer. Sé fuerte, pero llora si tienes que llorar, patalea si te da gana, si con ello logras aprender algo, nunca para regodearte. Revolcarse en la mierda sólo sirve para enfangarte más.
Permítete estar triste, o cabreado, pero también alegre, desenfrenado. Siente las cosas como te vengan, pero luego no te sientas culpable por ello. No te eches la bronca por ser humano, porque te duelan las heridas, las balas directas al corazón.
Escucha. Todo, todo, todo depende de uno mismo. De cómo lo afrontes, de cómo lo veas. Del cristal de tus lentes, del color de tus ojos. Replantea tu perspectiva, cambia de gafas, córtate el pelo, si ves que no va bien. No le tengas miedo al cambio,sobre todo si ya no puede ir peor. Todo parece pasar por algo.
Tiempo, tiempo. Siempre el tiempo. Él lo arregla todo, pone las cosas en su sitio. No lo maldigas si no transcurre con la rapidez que desearías.
Maldice al mundo y a la suerte si te hace sentir mejor. Pronto te darás cuenta de que es inútil: nadie es víctima de sus circunstancias.
Si algo he aprendido de las lágrimas a solas y en silencio es todo ésto. Hablo con la sabiduría que me da el fracaso. Y que nadie es imprescindible. Esto desearía no haber tenido que aprenderlo.
Coge una flor. Reformula la pregunta. Date cuenta de lo que importa de veras. Quizá entonces la respuesta logre satisfacerte, quizá entonces te sea útil.
Me quiero, no me quiero, me quiero, no me quiero...
Arranca todas las flores del mundo. No importa cuántas. No servirá de nada. No serás feliz si tu bienestar depende de los demás. Quizá resulte duro refutar lo que te han intentado inclucar toda tu vida, sobre todo si eres mujer. Pero sí, hay mundo más allá, hay algo más importante que ser amado.
Olvida las canciones, echa a la basura los consejos, lo racional, lo que hay que hacer. Sé fuerte, pero llora si tienes que llorar, patalea si te da gana, si con ello logras aprender algo, nunca para regodearte. Revolcarse en la mierda sólo sirve para enfangarte más.
Permítete estar triste, o cabreado, pero también alegre, desenfrenado. Siente las cosas como te vengan, pero luego no te sientas culpable por ello. No te eches la bronca por ser humano, porque te duelan las heridas, las balas directas al corazón.
Escucha. Todo, todo, todo depende de uno mismo. De cómo lo afrontes, de cómo lo veas. Del cristal de tus lentes, del color de tus ojos. Replantea tu perspectiva, cambia de gafas, córtate el pelo, si ves que no va bien. No le tengas miedo al cambio,sobre todo si ya no puede ir peor. Todo parece pasar por algo.
Tiempo, tiempo. Siempre el tiempo. Él lo arregla todo, pone las cosas en su sitio. No lo maldigas si no transcurre con la rapidez que desearías.
Maldice al mundo y a la suerte si te hace sentir mejor. Pronto te darás cuenta de que es inútil: nadie es víctima de sus circunstancias.
Si algo he aprendido de las lágrimas a solas y en silencio es todo ésto. Hablo con la sabiduría que me da el fracaso. Y que nadie es imprescindible. Esto desearía no haber tenido que aprenderlo.
Coge una flor. Reformula la pregunta. Date cuenta de lo que importa de veras. Quizá entonces la respuesta logre satisfacerte, quizá entonces te sea útil.
Me quiero, no me quiero, me quiero, no me quiero...
viernes, 18 de marzo de 2011
Defensa de la alegría
Lágrimas.
Gotas saladas que ruedan por mis mejillas y me empapan los ojos.
Lágrimas de risa. Agujetas en la barriga de tanto reir.
Espontaneidad, miniexplosiones de felicidad, carcajadas, una constante sonrisa grapada en la cara. Los ojos brillantes, radiantes, llenos de luz, repletos de una ajetreada tranquilidad. Libertada para gritar sin remordimiento: aquí estoy, así soy yo, esta boca es mía.
Había olvidado ya lo que era esto. La tregua de una guerra que parecía no tener fin, un trébol de cuatro hojas después de tanto gato negro. Un trébol verde, verde rana, verde esperanza.
Ya no necesito todas esas frases que me dieron fuerzas. También esto pasará. Todo llega. El tiempo pone las cosas en su sitio. Ya sólo puede ir mejor. Al verano más terrible le sigue un invierno invencible. También, también esto pasará.
Cerrado puertas, abriendo otras.
Sé lo que debo conservar, sé lo que he de dejar atrás.
Echa a la maleta los errores, que son los que me han hecho aprender, que son los que configuran lo que soy, los que tejieron la piel que visto hoy. Los que me han hecho distinta, más fuerte, diferente, pero conservando mi esencia. Que no se olviden los buenos recuerdos, vacíos de nostalgia y de rencor, sólo recuerdos, sólo experiencias bañadas en el eco de los que se fueron, los que dejaron su marca, pero ya no están. No necesito quemar esos recuerdos, no me hace falta olvidarlos, me los llevo, tienen un hueco en mi memoria, pero no me determinan, ya no me controlan. Me llevo conmigo a los que han estado ahí, los que siguen a mi lado, los que han hecho que la palabra “siempre” tenga sentido, los que lograron que la soledad y la tristeza fueran soportables, los que me dieron y me dan motivos para no abandonarme al abandono. Ellos saben quiénes son. No falta en mi equipaje el amor propio, porque hay cosas que definitivamente no merezco, porque he de hacerme valer y respetar. Me llevo el viento, la brisa, la colección de besos y caricias extrañas, sucedáneos del amor, fue divertido, fue diferente.
Me dejo el rencor, la rabia, la nostalgia, la venganza, el odio, la inercia, el descontrol, la obsesión, la única droga que consiguió engancharme, su síndrome de abstinencia. Ya no te necesito. No meto la resignación, la pasividad, ese escudo que me hizo sentir segura, pero vacía. Me olvido de la culpabilidad, la inseguridad, el odio hacia mí misma, los autoreproches, las dudas, la flaqueza, el patetismo, el caos. La montaña rusa, el tornado y el huracán. Las canciones que hablaban de cosas que ya no tienen sentido, las palabras que ya no significan nada, los sentimientos nobles que se volvieron dañinos. El rencor. El amor transformado en odio. No hay sitios para vosotros en mi equipaje.
Cerrando puertas, abriendo otras.
Sólo cuando lo has perdido todo eres libre para actuar.
Sólo entonces he podido dejarlo todo atrás, empezar de cero. Pasar página, escribir una nueva historia.
Hoy es el primer día del resto de mi vida.
Ser valiente para intentar ser feliz. Tener la osadía de aceptarme, de dejar que me quieran.
Lágrimas, lágrimas de risa y felicidad. Acostumbraos a mi cara.
Defender la alegría como una trinchera
defenderla del escándalo y la rutina
de la miseria y los miserables
de las ausencias transitorias
y las definitivas.
Defender la alegría como un principio
defenderla del pasmo y las pesadillas
de los neutrales y de los neutrones
de las dulces infamias
y los graves diagnósticos.
Defender la alegría como una bandera
defenderla del rayo y la melancolía
de los ingenuos y de los canallas
de la retórica y los paros cardiacos
de las endemias y las academias
defender la alegría como un destino
defenderla del fuego y de los bomberos
de los suicidas y los homicidas
de las vacaciones y del agobio
de la obligación de estar alegres
Defender la alegría como una certeza
defenderla del óxido y la roña
de la famosa pátina del tiempo
del relente y del oportunismo
de los proxenetas de la risa
Defender la alegría como un derecho
defenderla de dios y del invierno
de las mayúsculas y de la muerte
de los apellidos y las lástimas,
del azar
y también de la alegría.
(Mario Benedetti)
Gotas saladas que ruedan por mis mejillas y me empapan los ojos.
Lágrimas de risa. Agujetas en la barriga de tanto reir.
Espontaneidad, miniexplosiones de felicidad, carcajadas, una constante sonrisa grapada en la cara. Los ojos brillantes, radiantes, llenos de luz, repletos de una ajetreada tranquilidad. Libertada para gritar sin remordimiento: aquí estoy, así soy yo, esta boca es mía.
Había olvidado ya lo que era esto. La tregua de una guerra que parecía no tener fin, un trébol de cuatro hojas después de tanto gato negro. Un trébol verde, verde rana, verde esperanza.
Ya no necesito todas esas frases que me dieron fuerzas. También esto pasará. Todo llega. El tiempo pone las cosas en su sitio. Ya sólo puede ir mejor. Al verano más terrible le sigue un invierno invencible. También, también esto pasará.
Cerrado puertas, abriendo otras.
Sé lo que debo conservar, sé lo que he de dejar atrás.
Echa a la maleta los errores, que son los que me han hecho aprender, que son los que configuran lo que soy, los que tejieron la piel que visto hoy. Los que me han hecho distinta, más fuerte, diferente, pero conservando mi esencia. Que no se olviden los buenos recuerdos, vacíos de nostalgia y de rencor, sólo recuerdos, sólo experiencias bañadas en el eco de los que se fueron, los que dejaron su marca, pero ya no están. No necesito quemar esos recuerdos, no me hace falta olvidarlos, me los llevo, tienen un hueco en mi memoria, pero no me determinan, ya no me controlan. Me llevo conmigo a los que han estado ahí, los que siguen a mi lado, los que han hecho que la palabra “siempre” tenga sentido, los que lograron que la soledad y la tristeza fueran soportables, los que me dieron y me dan motivos para no abandonarme al abandono. Ellos saben quiénes son. No falta en mi equipaje el amor propio, porque hay cosas que definitivamente no merezco, porque he de hacerme valer y respetar. Me llevo el viento, la brisa, la colección de besos y caricias extrañas, sucedáneos del amor, fue divertido, fue diferente.
Me dejo el rencor, la rabia, la nostalgia, la venganza, el odio, la inercia, el descontrol, la obsesión, la única droga que consiguió engancharme, su síndrome de abstinencia. Ya no te necesito. No meto la resignación, la pasividad, ese escudo que me hizo sentir segura, pero vacía. Me olvido de la culpabilidad, la inseguridad, el odio hacia mí misma, los autoreproches, las dudas, la flaqueza, el patetismo, el caos. La montaña rusa, el tornado y el huracán. Las canciones que hablaban de cosas que ya no tienen sentido, las palabras que ya no significan nada, los sentimientos nobles que se volvieron dañinos. El rencor. El amor transformado en odio. No hay sitios para vosotros en mi equipaje.
Cerrando puertas, abriendo otras.
Sólo cuando lo has perdido todo eres libre para actuar.
Sólo entonces he podido dejarlo todo atrás, empezar de cero. Pasar página, escribir una nueva historia.
Hoy es el primer día del resto de mi vida.
Ser valiente para intentar ser feliz. Tener la osadía de aceptarme, de dejar que me quieran.
Lágrimas, lágrimas de risa y felicidad. Acostumbraos a mi cara.
Defender la alegría como una trinchera
defenderla del escándalo y la rutina
de la miseria y los miserables
de las ausencias transitorias
y las definitivas.
Defender la alegría como un principio
defenderla del pasmo y las pesadillas
de los neutrales y de los neutrones
de las dulces infamias
y los graves diagnósticos.
Defender la alegría como una bandera
defenderla del rayo y la melancolía
de los ingenuos y de los canallas
de la retórica y los paros cardiacos
de las endemias y las academias
defender la alegría como un destino
defenderla del fuego y de los bomberos
de los suicidas y los homicidas
de las vacaciones y del agobio
de la obligación de estar alegres
Defender la alegría como una certeza
defenderla del óxido y la roña
de la famosa pátina del tiempo
del relente y del oportunismo
de los proxenetas de la risa
Defender la alegría como un derecho
defenderla de dios y del invierno
de las mayúsculas y de la muerte
de los apellidos y las lástimas,
del azar
y también de la alegría.
(Mario Benedetti)
sábado, 12 de marzo de 2011
Valiente
Quisiera que se alargara el simulacro de felicidad que siento cuando estoy contigo. Que la resaca de la alegría fuera más duradera. No es que sea insuficiente, es que siempre exigimos más de aquello que nos llena.
Me contento con esos breves momentos en que viajamos a esa isla, esa realidad alternativa, ese paraíso en el que sólo tú y yo habitamos. Tú y yo. El reino de la locura, la bonita locura. La que no hace daño, la que brinda oportunidades, la que es intensa, desbocada, dulce... inmejorable. Y el mundo se para, y a la vez, gira más deprisa. El tiempo está en nuestra contra. La suerte, también. Un instante es lo máximo que se puede esperar de la perfección. Inventamos mareas y besos, y tripulamos barcos, y la resignación se ahoga, y no seré yo quien le tienda la mano, no esta vez. Acordes, canciones que cambian de significado, y ya no importa la persona, si no el sentimiento. El momento. La importancia del momento.
Que pronto llama a la puerta la realidad, la de veras, la de carne y hueso, con sus leyes, y sus reglas, y sus prohibiciones, y sus decretos.
Y me sentaré una vez más en el trono de los acusados, rodeada de jueces invisibles, ojos atentos, dispuestos a desterrarme, a condenarme. La mayoría de ellos llevan mi rostro.
Pero.. Por esta vez sólo quiero pensar en mí.
No sé si soy lo suficientemente valiente como para ser egoísta. Agarrar la culpabilidad inmerecida, y no dejar que me afecte, no dejar que me hunda más, no dejar que me cierre más puertas. Ser valiente no es sólo cuestión de suerte...
Oigo un susurro, no sé si es tu voz o la mía. O las dos fundidas.
Escucho un leve susurro, que me dice.. cállate.
Que le de más vueltas no cambiará nada.
Sshh..
Cállate...
http://www.youtube.com/watch?v=n0qAzL7Pl80
Me contento con esos breves momentos en que viajamos a esa isla, esa realidad alternativa, ese paraíso en el que sólo tú y yo habitamos. Tú y yo. El reino de la locura, la bonita locura. La que no hace daño, la que brinda oportunidades, la que es intensa, desbocada, dulce... inmejorable. Y el mundo se para, y a la vez, gira más deprisa. El tiempo está en nuestra contra. La suerte, también. Un instante es lo máximo que se puede esperar de la perfección. Inventamos mareas y besos, y tripulamos barcos, y la resignación se ahoga, y no seré yo quien le tienda la mano, no esta vez. Acordes, canciones que cambian de significado, y ya no importa la persona, si no el sentimiento. El momento. La importancia del momento.
Que pronto llama a la puerta la realidad, la de veras, la de carne y hueso, con sus leyes, y sus reglas, y sus prohibiciones, y sus decretos.
Y me sentaré una vez más en el trono de los acusados, rodeada de jueces invisibles, ojos atentos, dispuestos a desterrarme, a condenarme. La mayoría de ellos llevan mi rostro.
Pero.. Por esta vez sólo quiero pensar en mí.
No sé si soy lo suficientemente valiente como para ser egoísta. Agarrar la culpabilidad inmerecida, y no dejar que me afecte, no dejar que me hunda más, no dejar que me cierre más puertas. Ser valiente no es sólo cuestión de suerte...
Oigo un susurro, no sé si es tu voz o la mía. O las dos fundidas.
Escucho un leve susurro, que me dice.. cállate.
Que le de más vueltas no cambiará nada.
Sshh..
Cállate...
http://www.youtube.com/watch?v=n0qAzL7Pl80
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