Ponte el moño apretao, sirena, que se joda el viento,
rompe las horquillas de espuma
y déjame que te remache sonrisas de hierro
de esas que disipan las brumas,
que sé que entre los males nos lloverán cristales,
yo iré descalzo y tú desnuda
al son del amor del ronco tambor que toque la luna,
vamos a trepar a la copa de éste sol de enero,
y a hacer un nido en su ramaje,
y allí reírnos viendo como a cada minutero
se lo devora el oleaje,
y cuando entre mis brazos resuenen cañonazos
yo iré perdido entre tus dunas
dejándolo todo, quemando los tronos donde reinen dudas,
y báñate en mis ojos, que se joda el mar
que quiera mecerte a su antojo,
si no somos nadie a nadie va a encontrar,
y si a las heridas quiere echarles sal
solo va a encontrarse cerrojos
y las cicatrices de la soledad,
coge resina para untarnos poco a poco el cuerpo,
por si vuelve la ventolera,
y mientras tanto, entre los huecos que nos deje el tiempo
deja volar tu cabellera,
que si a nuestra locura vuelven nubes oscuras
nos cogerán frente con frente y codo con codo,
cada vez más solos, rodeados de gente.
y báñate en mis ojos, que se joda el mar
que quiera mecerte a su antojo,
si no somos nadie a nadie va a encontrar,
y si a las heridas quiere echarles sal
solo va a encontrarse cerrojos
y las cicatrices de la soledad.
Que se joda el viento, Marea
domingo, 18 de septiembre de 2011
Contra viento y marea
lunes, 12 de septiembre de 2011
Un otoño el demonio no se presentó
Será que todas las canciones hablan de Abril, y estaba escrito en una estrofa de ellas. De tanto mirar la frase escrita en el reverso de mi anillo, pasó de deseo a verdad.
Esto dura demasiado tiempo, no estoy acostumbrada a unos ojos tan secos. Mi rincón me echa de menos, me pregunta por mis antiguos pataleos y sollozos. Y esa bañera, que se inundó un día sin necesidad de abrir el grifo. Y un "lo siento" escrito con pintalabios rojo en un poss-it por unas manos enajenadas y culpables. Quizá lo más complicado es entedenrse a uno mismo, y después, perdonarse.
El verano acaba pero se avecina el invierno más cálido en años. Ahora no hay cambios estacionales, bruscos e intrépidos, la calma es estable y parece perenne. La tranquilidad, tan impropia de mí, tan serena, tan desconocida... tan anhelada. Pero nunca lo que me rodea puede ser ordenado, esta es una tranquilidad personalizada. Un huracán domesticado en inesperada brisa. Pero real.
Anoche las pestañas se me empaparon, y no era ni de dolor, ni de pena, ni de rabia. Fue la tormenta de mis ojos, la tormenta que trae la calma.
Esto dura demasiado tiempo, no estoy acostumbrada a unos ojos tan secos. Mi rincón me echa de menos, me pregunta por mis antiguos pataleos y sollozos. Y esa bañera, que se inundó un día sin necesidad de abrir el grifo. Y un "lo siento" escrito con pintalabios rojo en un poss-it por unas manos enajenadas y culpables. Quizá lo más complicado es entedenrse a uno mismo, y después, perdonarse.
El verano acaba pero se avecina el invierno más cálido en años. Ahora no hay cambios estacionales, bruscos e intrépidos, la calma es estable y parece perenne. La tranquilidad, tan impropia de mí, tan serena, tan desconocida... tan anhelada. Pero nunca lo que me rodea puede ser ordenado, esta es una tranquilidad personalizada. Un huracán domesticado en inesperada brisa. Pero real.
Anoche las pestañas se me empaparon, y no era ni de dolor, ni de pena, ni de rabia. Fue la tormenta de mis ojos, la tormenta que trae la calma.
viernes, 2 de septiembre de 2011
Adiós
"No te dejes abatir por las despedidas.
Son indispensables como preparación para el reencuentro.
Y es seguro que los amigos se reencontrarán
después de algunos momentos o de todo un ciclo vital."
Richard Bach
Mi madre me escribió esto en una tarjeta enorme, cuando tenía 9 años e iba a cambiar de colegio. Entonces no comprendí el verdadero significado.
Ahora, tengo agujetas de tanta despedida.
En la parada del bus, en un abrazo contenido, en un andén, en un coche clavándote el cinturón de seguridad, en un llanto descontrolado con hipo y sorbos de nariz, en un mensaje al móvil, en susurros silenciosos o en promesas para olvidar, en la esquina de una calle lluviosa, en una canción (photofinish), en la puerta de tu casa... Hasta pronto, no te vayas, déjame ir contigo, te quiero, te echaré de menos, no te olvidaré, llámame, de haberlo sabido... Adiós.
Despedidas de todos los colores y sabores.
Pero después de casi todas las despedidas siempre hay un reencuentro. Casual o buscado, esperado o imprevisto, llega y trae consigo una explosión de confusa alegría. Un abrazo largo y fuerte, unos ojos chispeantes y vivaces.
Porque el tiempo y la distancia son dos palabras que duelen cuando las piensas pero alivian cuando las sientes. Enemigos y aliados.
A veces es necesario que los días recoloquen las palabras y sentimientos lanzados antaño, y ocupen un nuevo lugar.
Decir adiós te hace crecer a golpes, decir hola de nuevo te hace madurar con calma.
No te dejes abatir... El reencuentro llegará.
sábado, 27 de agosto de 2011
El que tiene boca..
Black.
Me equivoqué contigo. Pensé que encarnabas la pureza de algo en lo que aún no quería dejar de creer. Pero no. No estabas orgulloso, quererme no te hizo ser mejor persona, si no lo contrario. Y ahora dices que quieres olvidar el yo que eras cuando me amabas. No te era suficiente, sólo me dejaste permanecer a tu lado por esa esperanza, no porque te mereciera la pena.
Guardo un corazón de corcho en una leja de mi cuarto, y una rana cuyo verde ya esta desgastado de aferrarme a ella, de utilizarla como almohada. Tanto tiempo aguantando las palabras humedecidas por alcohol y lágrimas, la incomodez de lo no correspondido, defendiéndote ante quien osara inmiscuirse, con mi amistad y mi confianza en tí como escudo, tanto... Para que en el momento en el que al fin los dos conseguimos ser felices no lo podamos compartir. Y no quieras que yo sea partícipe de ello.
Pensé que tu amor era el más altruista de cuantos me habían salpicado.
All the pictures have all been washed in black, tattooed everything...
Naufragio.
Me equivoqué, también, contigo. Me impregnaste en las palabras y la atención que necesitaba cuando a la deriva estaba, y me agarré a ello como tabla de salvación. Yo sabía que no tardaría en hundirme de nuevo. Te lo advertí: no quisiste escucharme. Te hablaba con la sabiduría de quien ha fracasado, y no quisiste oir lo que tu corazón no deseaba sufrir. También te enfermó la esperanza de la espera.
Debí haberme dado cuenta antes de que las piezas nunca encajarían. Llegué tarde, y tu alma ya estaba echa añicos. Aún así, pensé que lo importante seguían siendo las personas y los vínculos. Pero no. De mí sólo te era útil un formato, y los demás...merecían ser borrados. Y ahora tu piel ha mudado en rencor, y ni siquiera valoras lo más grande que has tenido, y no soy yo.
Restos de un naufragio que trajeron las olas..
Lo peor de todo esto es que aún me importa. Que no lo he olvidado.
Palabras...todas llevadas por el viento.
Me equivoqué contigo. Pensé que encarnabas la pureza de algo en lo que aún no quería dejar de creer. Pero no. No estabas orgulloso, quererme no te hizo ser mejor persona, si no lo contrario. Y ahora dices que quieres olvidar el yo que eras cuando me amabas. No te era suficiente, sólo me dejaste permanecer a tu lado por esa esperanza, no porque te mereciera la pena.
Guardo un corazón de corcho en una leja de mi cuarto, y una rana cuyo verde ya esta desgastado de aferrarme a ella, de utilizarla como almohada. Tanto tiempo aguantando las palabras humedecidas por alcohol y lágrimas, la incomodez de lo no correspondido, defendiéndote ante quien osara inmiscuirse, con mi amistad y mi confianza en tí como escudo, tanto... Para que en el momento en el que al fin los dos conseguimos ser felices no lo podamos compartir. Y no quieras que yo sea partícipe de ello.
Pensé que tu amor era el más altruista de cuantos me habían salpicado.
All the pictures have all been washed in black, tattooed everything...
Naufragio.
Me equivoqué, también, contigo. Me impregnaste en las palabras y la atención que necesitaba cuando a la deriva estaba, y me agarré a ello como tabla de salvación. Yo sabía que no tardaría en hundirme de nuevo. Te lo advertí: no quisiste escucharme. Te hablaba con la sabiduría de quien ha fracasado, y no quisiste oir lo que tu corazón no deseaba sufrir. También te enfermó la esperanza de la espera.
Debí haberme dado cuenta antes de que las piezas nunca encajarían. Llegué tarde, y tu alma ya estaba echa añicos. Aún así, pensé que lo importante seguían siendo las personas y los vínculos. Pero no. De mí sólo te era útil un formato, y los demás...merecían ser borrados. Y ahora tu piel ha mudado en rencor, y ni siquiera valoras lo más grande que has tenido, y no soy yo.
Restos de un naufragio que trajeron las olas..
Lo peor de todo esto es que aún me importa. Que no lo he olvidado.
Palabras...todas llevadas por el viento.
martes, 2 de agosto de 2011
En la punta de la lengua
El estado de nuestra conciencia es peculiar. Hay un hueco allí, algo más que un hueco. Es un hueco intensamente activo. Algo como el espectro del nombre está ahí, invitándonos con señas en una determinada dirección, haciéndonos percibir en algunos momentos el hormigueo de una sensación de cercanía y luego dejándonos de nuevo hundidos sin el esperado término. Si se nos sugieren nombres incorrectos, este hueco singular actúa inmediatamente negándolos. No encajan en su molde. Y el hueco de una palabra no se siente como el hueco de otra... El ritmo de una palabra perdida puede estar ahí sin un sonido que la arrope.
William James, 1950.
Puede que no fuera más que un trozo buscando otro trozo. No una mitad, sino un hueco. Esperando la palabra, el nombre oportuno, aquel que encaja sin necesidad de lubricante, ni de fricción, sin someterlo a fuerza. Se desliza, suave... Sin necesidad de cambiar. Sin tener que ser otro, sin disfrazarse, ni mutar ni jugar a ser distinto.
Sólo una pieza encajaba en ese hueco. Quise forzar, quise que encajaran otras palabras a puñetazos, a patadas, con saliva, con lágrimas. Pero no hay sonidos de plastilina. No son moldeables, no les puedes dar la forma que se adapte a los recovecos de tu piel.
No quería cambiar, no quería que nadie cambiase por mí. Buscaba el ritmo de mi palabra perdida, que se encontrase con el sonido que la esperaba, con los brazos abiertos, con las esquinas y las curvas que eran perfectas por el simple hecho de que no tenían que modificarse.
Y así, las palabras encuentran su sonido, el sonido encuentra la voz o los dedos, y al pronunciarlas, todo es fácil... No requiere esfuerzo, es un engranaje hecho para funcionar. Intenso y activo, ese hueco sabe de qué será llenado, anticipa la cercanía, hormigueo y cosquilleo, los movimientos inconscientes y sin pensar te van marcando el camino, te hacen evidente una verdad que está oculta, intensa y activa.
Ni media naranja, ni gajos. Sólo un hueco, esperando. Cambiarlo todo envuelto en la sencillez de las palabras.
Pienso mucho en tí..
jueves, 28 de julio de 2011
Azul y rojo
Nunca he tenido el corazón tan Rojo.
Ni los ojos tan azules. Ese azul nos va a salvar, ese azul nos va a alcanzar..
Ni los ojos tan azules. Ese azul nos va a salvar, ese azul nos va a alcanzar..
sábado, 23 de julio de 2011
Surgen inventarios de las quejas que echaste al aire, sin motivo. Te sientes estúpida por esas veces en que te sentiste desgraciada por nimiedades.
La muerte hace que te des cuenta de qué es lo importante. Le da sentido a las lágrimas: ahora los mares en las pestañas tienen justificación.
Las palabras, solo entonces, se vuelven inútiles. Ninguna logra provocar alivio, es saliva malgastada, buenas intenciones que no sirven para nada. La muerte te hace amar el silencio, la presencia sin sonidos, un apretón en la mano, un guiño de ojos lleno de complicidad.
Los discursos de ese Dios en el que no crees son como arañazos en la herida. Impotencia y rabia. No necesito aferrarme a esa fé. No hay un lugar mejor que éste, no hay mayor paraiso que respirar la luz de la mañana, reir a carcajada, gritar. Estar vivo. La muerte hace que me resulten insoportables los ritos y las tradiciones.
Las miradas y los gestos de los que siempren han estado ahí son tu escudo, la tabla de salvación. Te duele más el dolor del que está a tu lado que el tuyo propio. La muerte hace que valore aún más la familia. El único amor que nunca se acaba.
Imaginas multitud de posibles tragedias. Todo tintado de negro, brazos húmedos y puñetazos al aire. Y una constante macabra pregunta en tu mente: ¿quién será el próximo? La muerte hace que seas consciente de la cercanía muerte.
Tantas cosas que me quedan por hacer. Apreciar la intensidad de mis emociones. Me tatuo un lema en las manos: También esto pasará. Se pasa, se va, todo. Llençat.
Y a ver los tropiezos como experiencias, los fallos como aprendizajes, la mínima sonrisa como un regalo. Prestarle más atención a los pequeños instantes.
Agarrar cualquier excusa para echar de nuevo a volar.
La muerte te hace valorar la vida.
La muerte hace que te des cuenta de qué es lo importante. Le da sentido a las lágrimas: ahora los mares en las pestañas tienen justificación.
Las palabras, solo entonces, se vuelven inútiles. Ninguna logra provocar alivio, es saliva malgastada, buenas intenciones que no sirven para nada. La muerte te hace amar el silencio, la presencia sin sonidos, un apretón en la mano, un guiño de ojos lleno de complicidad.
Los discursos de ese Dios en el que no crees son como arañazos en la herida. Impotencia y rabia. No necesito aferrarme a esa fé. No hay un lugar mejor que éste, no hay mayor paraiso que respirar la luz de la mañana, reir a carcajada, gritar. Estar vivo. La muerte hace que me resulten insoportables los ritos y las tradiciones.
Las miradas y los gestos de los que siempren han estado ahí son tu escudo, la tabla de salvación. Te duele más el dolor del que está a tu lado que el tuyo propio. La muerte hace que valore aún más la familia. El único amor que nunca se acaba.
Imaginas multitud de posibles tragedias. Todo tintado de negro, brazos húmedos y puñetazos al aire. Y una constante macabra pregunta en tu mente: ¿quién será el próximo? La muerte hace que seas consciente de la cercanía muerte.
Tantas cosas que me quedan por hacer. Apreciar la intensidad de mis emociones. Me tatuo un lema en las manos: También esto pasará. Se pasa, se va, todo. Llençat.
Y a ver los tropiezos como experiencias, los fallos como aprendizajes, la mínima sonrisa como un regalo. Prestarle más atención a los pequeños instantes.
Agarrar cualquier excusa para echar de nuevo a volar.
La muerte te hace valorar la vida.
jueves, 2 de junio de 2011
22
El 12 es un 21 invertido.
A veces le doy exagerada importancia a las casualidades, a los números, a las cifras y a los detalles minúsculos que parecen cargados de significado. Una fecha o una palabra pueden llenarse de significado si uno se lo otorga. En sí, solos, no son nada, sólo una forma o un símbolo.
Hace 12 meses, le dí mucha importancia al número 21. Pensaba que iba a ser nuestro año, porque el 21 era nuestro cifra, esa a la que le concedí relevancia tiempo atrás, porque algo especial sucedió en ella, y tendemos a pensar que los acontecimientos se repiten eternamente, y que lo que una vez tuvo un significado, debe seguir teniéndolo, solo por el hecho de estar grabado en nuestra memoria, almacenado en los recovecos de nuestro recuerdo. Un simple número de dos cifras, ése, ése es singular y no otro.
Llegaron los 21, y sí, fue nuestro año, pero en un sentido completamente distinto a como hubieran querido nuestras aún esperanzadas pieles, cansadas de tanto arañarse la una a la otra, hartas de llantos, peleas y arrebatadas reconciliaciones llenas de ternura y pasión, pero también de rencor e incomprensión. Ha sido el año en que hemos conseguido desprendernos y desengancharnos el uno del otro.
Solemos recordar con especial fuerza cuando comienza algo importante, y descuidamos el detalle que acompaña al fin, como si quisiéramos olvidarlo, como si fuera menos importante el final que el principio. Pero es el final el que conduce al inicio, al comienzo de algo nuevo y no por ello menos destacable.
Los 21 empezaron con un fuerte insight, un poderoso y resignado “no puede ser”, tal día como hoy, solo que 12 meses atrás. La distancia de un año puede cambiarlo completamente todo.
Después de aquello, fui más muchacha salvaje que nunca, contigo pero también sin tí, y tus ojos siguieron siendo unos ojos de agua donde perderme y acurrucarme, donde encontrarnos cuando la añoranza podía con la determinación. Recaídas y más recaídas, y luego la decepción y la distancia, y más tarde el perdón, y el reencuentro, pero no untado en sudor, corazón y saliva como los de antes, si no empapado en cambios que nos hacían dar un paso más adelante, y otro más, y otro, en direcciones opuestas.
Y sé que al final podremos olvidar y ser libres, y también sé que nunca te olvidaré. Podré seguir con esa contradicción, podré seguir mientras sepa que aún tus ojos son de agua, y que aún me quieren mirar de vez en cuando. He aprendido a ser yo, sin ti, conmigo, y ya no seré más muchacha salvaje, pero sí reina, reina de ese espacio lleno de recuerdos que creamos hace ya muchas noches, reina de esas ruinas que quedan, pedazos y trozos que han desembocado en esto, en estos dos doses que se acercan, que anuncia el irrevocable fin del 21. Continuaré viajando a ese lugar de vez en cuando con una sonrisa en las pestañas, y una sana melancolía en la boca; seguiré luchando porque no seamos dos extraños, aunque ya no haya un nosotros, seguirá existiendo un tú y yo, un yo, sin tí, conmigo.
Y llego a estos 22 sola, cuando sola quiere decir sin que estés a mi lado, llego con la fuerza que he logrado tras trescientos tropezones y cientos de cicatrices que curaste y después abriste, y curaste, y abriste, curaste, y abriste... Salgo de círculo y de la espiral.
Ahora voy en línea recta.
A veces le doy exagerada importancia a las casualidades, a los números, a las cifras y a los detalles minúsculos que parecen cargados de significado. Una fecha o una palabra pueden llenarse de significado si uno se lo otorga. En sí, solos, no son nada, sólo una forma o un símbolo.
Hace 12 meses, le dí mucha importancia al número 21. Pensaba que iba a ser nuestro año, porque el 21 era nuestro cifra, esa a la que le concedí relevancia tiempo atrás, porque algo especial sucedió en ella, y tendemos a pensar que los acontecimientos se repiten eternamente, y que lo que una vez tuvo un significado, debe seguir teniéndolo, solo por el hecho de estar grabado en nuestra memoria, almacenado en los recovecos de nuestro recuerdo. Un simple número de dos cifras, ése, ése es singular y no otro.
Llegaron los 21, y sí, fue nuestro año, pero en un sentido completamente distinto a como hubieran querido nuestras aún esperanzadas pieles, cansadas de tanto arañarse la una a la otra, hartas de llantos, peleas y arrebatadas reconciliaciones llenas de ternura y pasión, pero también de rencor e incomprensión. Ha sido el año en que hemos conseguido desprendernos y desengancharnos el uno del otro.
Solemos recordar con especial fuerza cuando comienza algo importante, y descuidamos el detalle que acompaña al fin, como si quisiéramos olvidarlo, como si fuera menos importante el final que el principio. Pero es el final el que conduce al inicio, al comienzo de algo nuevo y no por ello menos destacable.
Los 21 empezaron con un fuerte insight, un poderoso y resignado “no puede ser”, tal día como hoy, solo que 12 meses atrás. La distancia de un año puede cambiarlo completamente todo.
Después de aquello, fui más muchacha salvaje que nunca, contigo pero también sin tí, y tus ojos siguieron siendo unos ojos de agua donde perderme y acurrucarme, donde encontrarnos cuando la añoranza podía con la determinación. Recaídas y más recaídas, y luego la decepción y la distancia, y más tarde el perdón, y el reencuentro, pero no untado en sudor, corazón y saliva como los de antes, si no empapado en cambios que nos hacían dar un paso más adelante, y otro más, y otro, en direcciones opuestas.
Y sé que al final podremos olvidar y ser libres, y también sé que nunca te olvidaré. Podré seguir con esa contradicción, podré seguir mientras sepa que aún tus ojos son de agua, y que aún me quieren mirar de vez en cuando. He aprendido a ser yo, sin ti, conmigo, y ya no seré más muchacha salvaje, pero sí reina, reina de ese espacio lleno de recuerdos que creamos hace ya muchas noches, reina de esas ruinas que quedan, pedazos y trozos que han desembocado en esto, en estos dos doses que se acercan, que anuncia el irrevocable fin del 21. Continuaré viajando a ese lugar de vez en cuando con una sonrisa en las pestañas, y una sana melancolía en la boca; seguiré luchando porque no seamos dos extraños, aunque ya no haya un nosotros, seguirá existiendo un tú y yo, un yo, sin tí, conmigo.
Y llego a estos 22 sola, cuando sola quiere decir sin que estés a mi lado, llego con la fuerza que he logrado tras trescientos tropezones y cientos de cicatrices que curaste y después abriste, y curaste, y abriste, curaste, y abriste... Salgo de círculo y de la espiral.
Ahora voy en línea recta.
viernes, 27 de mayo de 2011
Mañana
Mañana puede ser un gran día.
Quizá los semáforos se pongan en verde a tu paso, y no tengas que esperar el ascensor cuando llegues rendido a casa.
Puede que el modo aleatorio ponga justo la canción que necesitabas oir en ese momento, o que encuentres en los pantalones de verano ese preciado collar que creías perdido en invierno.
Tal vez tu madre te ha preparado tu comida favorita cuando vuelves hambriento a casa, o tal vez te pongas a estudiar esa asignatura tan complicada y descubras que la entiendes mucho mejor de lo que imaginabas.
Es posible que justo cuando te sientes en el sofá echen en la tele esa película que tantas ganas tenías de ver, o que tengas un sueño esta noche que te haga despertar con la sonrisa llena de color.
Hoy, no ha sido un buen día.
La cama me llama a gritos, las ranas me recomiendan que me acueste, que deje que llegue a su fin.
La almohada dice mi nombre pero no le contaré ni de la lluvia, ni del agobio, ni de la impotencia, ni de la rabia.
Le haré caso al color verde, verde esperanza.
Mañana, sí... Mañana puede ser un buen día.
Quizá los semáforos se pongan en verde a tu paso, y no tengas que esperar el ascensor cuando llegues rendido a casa.
Puede que el modo aleatorio ponga justo la canción que necesitabas oir en ese momento, o que encuentres en los pantalones de verano ese preciado collar que creías perdido en invierno.
Tal vez tu madre te ha preparado tu comida favorita cuando vuelves hambriento a casa, o tal vez te pongas a estudiar esa asignatura tan complicada y descubras que la entiendes mucho mejor de lo que imaginabas.
Es posible que justo cuando te sientes en el sofá echen en la tele esa película que tantas ganas tenías de ver, o que tengas un sueño esta noche que te haga despertar con la sonrisa llena de color.
Hoy, no ha sido un buen día.
La cama me llama a gritos, las ranas me recomiendan que me acueste, que deje que llegue a su fin.
La almohada dice mi nombre pero no le contaré ni de la lluvia, ni del agobio, ni de la impotencia, ni de la rabia.
Le haré caso al color verde, verde esperanza.
Mañana, sí... Mañana puede ser un buen día.
martes, 17 de mayo de 2011
Con los cinco sentidos
Electricidad.
Los ojos se comen el cuerpo del otro en la distancia que les proporciona el deseo.
Una mirada descaradamente tímida, un pestañeo que anuncia la cercanía. La inercia que nos aproxima se nutre del contacto de tu iris con el mío, de tu párpado que me recorre, de mis pupilas que te atraviesan. Observamos con calma y con ansia el futuro anclaje de los dedos, el anunciado hospedaje de las cejas. Miro el hueco donde depositaré un beso, el trozo de mapa que arañaré. Disfruto tratando de visionar cómo quedarán tus vestiduras después de que las desgarre, ahora intactas, llenas de colores cálidos y suaves. Tú, me miras con salvaje inocencia, das un paso más, te acercas al precipicio.
Saboreamos las miradas y las convertimos en alimento.
Mi lengua no se conforma con los límites de tu boca, rompe fronteras y viaja al extranjero en busca de lugares inhóspitos, nunca explorados. Recorro los países dulces, los amargos, los picantes, los salados. Aprendemos de memoria el sabor de la urgencia creciente, me desayuno las palabras que se escapan de tus labios, y meriendo la piel que envuelve tus movimientos. Muerdes recovecos que no existían antes de que llegaras, masticas trozos de mis secretos que nunca habían sido pronunciados, lo paladeas todo y haces de ello un agitado postre. Tú, me besas despacio, das un paso más, te aproximas al vacío.
Se escuchan las caricias que rezuman vapor.
Hemos creado una banda sonora de suspiros, cada vez más fuertes, cada vez más evidentes. Retumban en el pecho los tambores, los latidos marcan el ritmo de esta melodía de piel, saliva y sudor. Haces acordes imposibles con mis cuerdas, aprietas el mástil de la guitarra de mis piernas. Te susurro letras que sólo hablan de tí y de mí, hace de este momento, letras de una canción recién inventada, sonidos que chocan en las paredes y se enredan en las tablas de la cama. Tú, me susurras detrás del oído, avanzas otro paso más.
Se huelen los gemidos que desgarran las gargantas.
El aroma del sudor impregnado de ganas. Los cuerpos desprenden anhelo contenido que explota, y se huele a sosegada impaciencia, a estallidos multicolor. Todo se impregna del aroma del futuro recuerdo, la esencia del éxtasis que no quiere ser olvidado. Aspiro hasta que se hinchan mis pulmones, hasta que tu sombra me empapa las venas. Tú, me hueles el pelo, respiración creciente, y caes, caemos al abismo.
Las manos tocan arcoiris de retales de desgarros.
Acariciamos las esquinas y las curvas de la irregularidad de los cuerpos, arañamos los huesos, desgarramos los músculos, se deshacen las pieles que nos disfrazan, y sólo somos dos animales cansados, solos, tú y yo, luchando contra el resto del mundo, dando manotazos a los demonios de las dudas, empujando a los muros del pasado. Rozas mi calma con tu aliento, palpas mi caos y lo domesticas, y mientras, yo, te rodeo con el dedo los lunares, peino con las yemas los poros de tu espalda, te enseño a base de dosis de piel la magia del contacto. Tú, me acaricias el hombro derecho, me aprietas fuerte la mano, me sacas del agujero, me llevas a la llanura de la paz sosegada de estas sábanas blancas.
Miradas perdidas, una vez descansadas, se vuelven a encontrar.
Renace, resurge, reluce y retumba la chispa.
Todo empieza de nuevo.
Sonrisa pícara. Mueca de grata sorpresa.
Electricidad...
Los ojos se comen el cuerpo del otro en la distancia que les proporciona el deseo.
Una mirada descaradamente tímida, un pestañeo que anuncia la cercanía. La inercia que nos aproxima se nutre del contacto de tu iris con el mío, de tu párpado que me recorre, de mis pupilas que te atraviesan. Observamos con calma y con ansia el futuro anclaje de los dedos, el anunciado hospedaje de las cejas. Miro el hueco donde depositaré un beso, el trozo de mapa que arañaré. Disfruto tratando de visionar cómo quedarán tus vestiduras después de que las desgarre, ahora intactas, llenas de colores cálidos y suaves. Tú, me miras con salvaje inocencia, das un paso más, te acercas al precipicio.
Saboreamos las miradas y las convertimos en alimento.
Mi lengua no se conforma con los límites de tu boca, rompe fronteras y viaja al extranjero en busca de lugares inhóspitos, nunca explorados. Recorro los países dulces, los amargos, los picantes, los salados. Aprendemos de memoria el sabor de la urgencia creciente, me desayuno las palabras que se escapan de tus labios, y meriendo la piel que envuelve tus movimientos. Muerdes recovecos que no existían antes de que llegaras, masticas trozos de mis secretos que nunca habían sido pronunciados, lo paladeas todo y haces de ello un agitado postre. Tú, me besas despacio, das un paso más, te aproximas al vacío.
Se escuchan las caricias que rezuman vapor.
Hemos creado una banda sonora de suspiros, cada vez más fuertes, cada vez más evidentes. Retumban en el pecho los tambores, los latidos marcan el ritmo de esta melodía de piel, saliva y sudor. Haces acordes imposibles con mis cuerdas, aprietas el mástil de la guitarra de mis piernas. Te susurro letras que sólo hablan de tí y de mí, hace de este momento, letras de una canción recién inventada, sonidos que chocan en las paredes y se enredan en las tablas de la cama. Tú, me susurras detrás del oído, avanzas otro paso más.
Se huelen los gemidos que desgarran las gargantas.
El aroma del sudor impregnado de ganas. Los cuerpos desprenden anhelo contenido que explota, y se huele a sosegada impaciencia, a estallidos multicolor. Todo se impregna del aroma del futuro recuerdo, la esencia del éxtasis que no quiere ser olvidado. Aspiro hasta que se hinchan mis pulmones, hasta que tu sombra me empapa las venas. Tú, me hueles el pelo, respiración creciente, y caes, caemos al abismo.
Las manos tocan arcoiris de retales de desgarros.
Acariciamos las esquinas y las curvas de la irregularidad de los cuerpos, arañamos los huesos, desgarramos los músculos, se deshacen las pieles que nos disfrazan, y sólo somos dos animales cansados, solos, tú y yo, luchando contra el resto del mundo, dando manotazos a los demonios de las dudas, empujando a los muros del pasado. Rozas mi calma con tu aliento, palpas mi caos y lo domesticas, y mientras, yo, te rodeo con el dedo los lunares, peino con las yemas los poros de tu espalda, te enseño a base de dosis de piel la magia del contacto. Tú, me acaricias el hombro derecho, me aprietas fuerte la mano, me sacas del agujero, me llevas a la llanura de la paz sosegada de estas sábanas blancas.
Miradas perdidas, una vez descansadas, se vuelven a encontrar.
Renace, resurge, reluce y retumba la chispa.
Todo empieza de nuevo.
Sonrisa pícara. Mueca de grata sorpresa.
Electricidad...
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