viernes, 18 de marzo de 2011

Defensa de la alegría

Lágrimas.
Gotas saladas que ruedan por mis mejillas y me empapan los ojos.
Lágrimas de risa. Agujetas en la barriga de tanto reir.
Espontaneidad, miniexplosiones de felicidad, carcajadas, una constante sonrisa grapada en la cara. Los ojos brillantes, radiantes, llenos de luz, repletos de una ajetreada tranquilidad. Libertada para gritar sin remordimiento: aquí estoy, así soy yo, esta boca es mía.

Había olvidado ya lo que era esto. La tregua de una guerra que parecía no tener fin, un trébol de cuatro hojas después de tanto gato negro. Un trébol verde, verde rana, verde esperanza.

Ya no necesito todas esas frases que me dieron fuerzas. También esto pasará. Todo llega. El tiempo pone las cosas en su sitio. Ya sólo puede ir mejor. Al verano más terrible le sigue un invierno invencible. También, también esto pasará.

Cerrado puertas, abriendo otras.
Sé lo que debo conservar, sé lo que he de dejar atrás.

Echa a la maleta los errores, que son los que me han hecho aprender, que son los que configuran lo que soy, los que tejieron la piel que visto hoy. Los que me han hecho distinta, más fuerte, diferente, pero conservando mi esencia. Que no se olviden los buenos recuerdos, vacíos de nostalgia y de rencor, sólo recuerdos, sólo experiencias bañadas en el eco de los que se fueron, los que dejaron su marca, pero ya no están. No necesito quemar esos recuerdos, no me hace falta olvidarlos, me los llevo, tienen un hueco en mi memoria, pero no me determinan, ya no me controlan. Me llevo conmigo a los que han estado ahí, los que siguen a mi lado, los que han hecho que la palabra “siempre” tenga sentido, los que lograron que la soledad y la tristeza fueran soportables, los que me dieron y me dan motivos para no abandonarme al abandono. Ellos saben quiénes son. No falta en mi equipaje el amor propio, porque hay cosas que definitivamente no merezco, porque he de hacerme valer y respetar. Me llevo el viento, la brisa, la colección de besos y caricias extrañas, sucedáneos del amor, fue divertido, fue diferente.
Me dejo el rencor, la rabia, la nostalgia, la venganza, el odio, la inercia, el descontrol, la obsesión, la única droga que consiguió engancharme, su síndrome de abstinencia. Ya no te necesito. No meto la resignación, la pasividad, ese escudo que me hizo sentir segura, pero vacía. Me olvido de la culpabilidad, la inseguridad, el odio hacia mí misma, los autoreproches, las dudas, la flaqueza, el patetismo, el caos. La montaña rusa, el tornado y el huracán. Las canciones que hablaban de cosas que ya no tienen sentido, las palabras que ya no significan nada, los sentimientos nobles que se volvieron dañinos. El rencor. El amor transformado en odio. No hay sitios para vosotros en mi equipaje.

Cerrando puertas, abriendo otras.
Sólo cuando lo has perdido todo eres libre para actuar.
Sólo entonces he podido dejarlo todo atrás, empezar de cero. Pasar página, escribir una nueva historia.
Hoy es el primer día del resto de mi vida.
Ser valiente para intentar ser feliz. Tener la osadía de aceptarme, de dejar que me quieran.

Lágrimas, lágrimas de risa y felicidad. Acostumbraos a mi cara.


Defender la alegría como una trinchera
defenderla del escándalo y la rutina
de la miseria y los miserables
de las ausencias transitorias
y las definitivas.
Defender la alegría como un principio
defenderla del pasmo y las pesadillas
de los neutrales y de los neutrones
de las dulces infamias
y los graves diagnósticos.
Defender la alegría como una bandera
defenderla del rayo y la melancolía
de los ingenuos y de los canallas
de la retórica y los paros cardiacos
de las endemias y las academias
defender la alegría como un destino
defenderla del fuego y de los bomberos
de los suicidas y los homicidas
de las vacaciones y del agobio
de la obligación de estar alegres
Defender la alegría como una certeza
defenderla del óxido y la roña
de la famosa pátina del tiempo
del relente y del oportunismo
de los proxenetas de la risa
Defender la alegría como un derecho
defenderla de dios y del invierno
de las mayúsculas y de la muerte
de los apellidos y las lástimas,
del azar
y también de la alegría.

(Mario Benedetti)

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