domingo, 20 de agosto de 2017

Mi cuerpo

Mi vientre no es un recipiente
de nudos o mariposas borrachas,
es mi barriga una fábrica de cosquillas,
una cama donde mis carcajadas
se expanden a sus anchas.

Mi boca no es un nido de reproches,
ni de quejas o penas pegajosas,
son mis labios dos toboganes ascendentes
que casi siempre encuentran motivos
para colonizar mis mejillas.

Mis ojos no son precipicios
con oscuros recovecos donde perderse,
son dos arcoiris indecisos,
a veces rojos de tristeza censurada,
a veces violetas como tormentas de verano,
a veces azules como océanos serenos,
a veces transparentes de tanto limpiarse.

Mis manos no son anclas
donde agarrarse con firmeza,
son mis dedos diez rabos de lagartija
inquietos y resbaladizos,
cuerdas húmedas y suaves
que solo se dejarán entrelazar
en la preciosa comodidad de la confianza.

Mi cuerpo no es un mapa del tesoro,
apenas esconde secretos o riquezas.
Es mi piel un libro donde leer en braille
cicatrices pasadas,
verdades calladas,
confesiones guardadas,
terremotos y vaivenes,
aterrizajes y despegues,
secuestros y rehenes.

Mi cuerpo es un puzzle inacabado
cuya última pieza
solo yo puedo encontrar.




lunes, 29 de mayo de 2017

La casa que encoge

La casa se nos está quedando pequeña:
cada vez hay más trastos
(mediocre forma de llamar a los recuerdos),
en cada paso que damos
vamos acumulando zapatos
de diferente número y pisada
pero de similar suela desgastada,
al saltar los dos al unísono,
aunque no sean idénticos nuestros tropiezos
(son nuestras caídas no simultáneas
las que nos permiten tender al otro la mano
y ayudarle a levantarse
y mimar los rasguños con esmero).

Tú, acumulas botellas de cervezas vacías
bebidas al calor de las risas cómplices,
regaladas por manos amigas
que tan bien te conocen
(y, por tanto, tan bien te adoran).
Yo, acumulo libros como ladrillos
que me hacen de sostén y empuje
cubriendo las paredes antaño blancas
que son ahora mosaicos de colores
donde reposan nuestras esperanzas.

Ambos recolectamos entradas de conciertos,
pegatinas, tickets y recortes,
fotografías coloreadas
por la belleza de la pura alegría,
trozos de la intensidad del momento,
accesos directos en nuestro escritorio
a carcajadas pretéritas y acompasadas,
sabiendo que todos esos pedazos
cada vez estarán más acompañados,
y formarán un ejército que nos proteja,
que el futuro y su incertidumbre
no asustan ni una milésima
al saber que lo que viene
es todo lo que queramos acoger
con nuestros cuatro brazos eternos
y entrelazados.


Es por eso que
la casa se nos está quedando pequeña:
cada vez es más hogar,
cada vez somos más grandes,

cada vez somos más nosotros.

martes, 28 de marzo de 2017

Emocional Inteligencia

Hay quien entra en guerra
con quien se atreva a tiritarle las piernas,
quien corre hasta que al sudor le salen agujetas,
quien expone su cuerpo desnudo y vulnerable
hasta que nada por doler le queda,
incluso hay quien utiliza la risa como trinchera.
Cada uno domestica como puede
sus salvajes miedos (i)rracionales.

Algunos imponen la ley seca en sus pestañas,
otros se derraman en camas extrañas,
a unos cuantos se les enquistan las bisagras
y se olvidan del arte de la remontada,
otros tantos deciden ahogarse en la nada
hasta que al fin encuentran su tabla.
Cada uno navega como mejor sabe
a tientas, en sus tormentas de tristeza.

Hay quien aúlla en una soledad escogida,
hay quien traga y el nudo le tapona la salida,
incluso hay quien prefiere salpicar
hasta que alguien sus auxilios descifra,
hay quien ametralla palabras para evitar
golpear la mano que intenta ser amiga.
Cada uno es experto en cómo acariciar
la fuerte fiereza de su rabia.

Algunos los atesoran como si fueran secretos
otros sudan incontrolables bailoteos,
unos escogen como autopista el cielo
hasta que se les encapota el cabello,
y otros tantos se convierten en mensajeros
contagiando al mundo con sus excesos.
Cada uno dosifica como debe
sus intensos instantes alegres.

Yo dialogo con mis temores hasta que se aburren,
desparramo mi pena hasta que se escurre
aíslo mi ira para que a nadie arañe,
me cubro de carcajadas para calentarme.

¿Qué haces tú?



lunes, 5 de septiembre de 2016

Vacaciones

El verano se despide.
Y yo necesito unas vacaciones.
Unas vacaciones de mí misma.
Necesito unas vacaciones de ser yo.

No sabría decir cuál fue el momento exacto
en el que salí del epicentro de todas las tormentas.
¿En qué instante me coloqué al otro lado,
donde se tiende la mano en vez de pedirla?
No recuerdo cuándo fue la última vez que pedí socorro.
¿Desde cuando no me rompo,
y, sobre todo,
desde cuándo no me dejo recomponer
(si es que alguna vez lo hice)?

Toda esa colección de tristezas,
demonios,
terrores
y heridas ajenas
en vez de insensibilizarme o endurecerme
para protegerme de su erosión,
me pesan.
Me agotan.
Me pesan en la espalda todas esas lágrimas
de las que soy testigo y toalla,
se me enquista cada grito de auxilio,
cada sonrisa que no soy capaz de resucitar,
cada demanda,
cada nudo sin deshacer,
cada responsabilidad,
cada esperanza puesta en mi persona,
cada expectativa con destino incerto,
cada amanecer violado por la niebla.
Me pesa de tal manera,
que observo asustada como,
de tanto en tanto,
se me cojea el caminar.

Me doy cuenta y entiendo,
es lógico querer tener cerca a aquellos
que dan más soluciones que problemas.
Pero quisiera sentirme necesaria también
cuando no haya nada roto,
en la frescura calma de los cielos despejados,
y no solo en las tormentas de verano.

Soy consciente de que no tengo derecho a quejarme.
Al fin y al cabo, yo elijo estar ahí,
cada día en cada elección me coloco donde estoy.
Es por eso que solo pido un descanso,
unas vacaciones de mí,
ser, durante un tiempo, lo que no soy.
Aunque me abruman las atenciones excesivas,
no soporto sentirme vulnerable
y odio dar pena,
en este juego de disfrazarme de otra persona,
quisiera ser por un breve periodo de tiempo caprichosamente egoísta,
dejarme cuidar en la calidez de un abrazo,
ser el centro del mundo de unos ojos durante un instante,
que me abriguen con palabras de aliento,
poder priorizarme sin culpabilidades martilleantes.

Bien sé que esta tregua no es permanente,
es tan sólo un lapsus para recargarme,
enderezar los pasos que están torcidos,
desprender las contracturas,
vacíar
y hacer acopio de todas mis fuerzas
mis sonrisas más brillantes,
y mis palabras más cálidas
para seguir regando con mi tiempo
a todo aquel que quiera susurrar mi nombre.






martes, 7 de junio de 2016

27

Antes,
la gente me consideraba
una muchacha alegre,
despreocupada,
yo sonreía triste
y pensaba
¡ja! el disfraz funciona.

Disparaba carcajadas
para ahuyentar fantasmas,
me atrincheraba
tras mis bailes de niña,
mi espontaneidad
me protegía
y a muy pocos dejaba ver
las guerras que libraba.
Y aunque tuviera
unos cuantos aliados
en la batalla,
no pedía refuerzos,
¿quién me apoyaría
en una lucha armada
contra mi propia mirada?
Lloraba,
a solas,
para evaporar los demonios
a base de sal y aburrimiento,
y reía,
en compañía,
para protegerme de la compasión
y de la frustración,
porque sólo yo podía ayudarme:
sólo yo
podía vencerme.

Y así,
pasaron los años
y a fuerza de treguas,
de ganancias y pérdidas,
el disfraz se convirtió
en mi vestido preferido,
y dejé de usar mi risa como escudo
y empecé a usarla como abanico,
para llenar de aire fresco
no solo mi alrededor
sino también mi propio rostro
lleno de cicatrices que sanar.

No sé si el cielo
me escupió en el pelo,
o fueron mis ojos
que empezaron a inundarlo todo,
lo cierto es que ahora
me invade una felicidad
tan sana,
tan extensa,
tan calma,
tan azul
como el cielo,
como el mar,
como mi mirar,
que me sigue trayendo tormentas
pero fáciles de domesticar.

Ahora,
es fácil ser
lo que todos creen que soy:
esa muchacha alegre,
entusiasta,
que rezuma energía;
ahora,
en vez  de llorar
por costumbre
lo hago por higiene,
ahora,
en vez de reír
por precaución
lo hago por incontinencia,
estas carcajadas
no son mis balas,
estas carcajadas
son mi respiración.



jueves, 7 de enero de 2016

2015

Sería genial hacer un bonito collage con todos los momentos amables de este año, colgarlo en las paredes de mis recuerdos, y recrearme en sus colores brillantes.

Sí, este fue el año en el que encontré mi primer trabajo para el que me he esforzado durante años, en el que me gano la vida, ayudando, haciendo lo que más me llena.
También fue el año en el que conseguí uno de mis mayores objetivos vitales: no depender de nada ni de nadie.
El año en el que grabé mi piel con los que más quiero, en el que vino una tormenta de verano y me arrancó la melena.
El año en el que construimos un nuevo hogar, solo nuestro, nos abrigamos con nuestra complicidad en el invierno, y despedazamos con nuestra unión las olas en verano. En el año en el que no tuve que aprender a convivir contigo porque es tan fácil que creo que he sabido hacerlo desde siempre.
El año en el que los de siempre siguieron ahí, cada uno a su manera.
El año en el que he apagado antiguos y largos incendios, en el que he perdido unos cuantos miedos y normalizado algunos demonios.
Probablemente el año en el que más paz haya sentido en toda mi vida.

Y no me olvido de todos estos trozos de piedras preciosas. Pero solo con ellos, el collage sería hermoso, pero incompleto.

No puedo olvidar que este ha sido el año en el que la palabra cáncer se ha hecho tan habitual en mi rutina que si lo piensas da escalofríos. El año en el que la rabia y la impotencia nos han inundado, pero también la unión más pura, las ganas de vivir más feroces, el optimismo más infatigable. En el que he tenido que ver a unos críos hacerse mayores por la fuerza de las circunstancias, y a mis cuatro padres ser mas pilares y magníficos que nunca.
El año en el que tuve que meterme a empujones en la cabeza que nunca volvería a abrazar a mi abuela en este mundo, sólo en el de los sueños.
El año en el que me marché, y todo siguió su curso. El año en el que me di cuenta de que yo también era prescindible. En el que sentí celos, envidia, silencio, distancia, desubicación.

Cada trozo es una pieza de este 2015 al que reconozco tenía ganas de despedir.

El año que será recordado como aquel en el que un abrazo en una habitación de hospital fue el mejor regalo de Navidad de la historia.
Aquel en el que nos dijimos tantas veces "esto también pasará" que al final, pasó.

Y ahora toca coger una bocanada de aire nuevo y fresco, y recibir todo lo que está por venir. Por estadística, ha de ser mejor.

2016. Allá voy.

Año nuevo, vida nueva.

domingo, 6 de diciembre de 2015

Lo invisible

Hay tantas tormentas,
unas tontas y torpes,
otras cargadas de razón y veneno.
Hay huracanes, ocultos,
bajo mi piel.
También está aquella lluvia
en la que aún
no he aprendido a nadar,
que empapa, más bien, ahoga.
Existe un deseo egoista de paz,
de descanso,
de dejar de escuchar
para que llegue la utópica quietud del silencio,
de pasar de ser salvavidas
a un simple trozo de madera en la marea,
a la deriva.
Y que nadie de mi dependa
para sostenerse en pie,
porque a veces no sé
si lo que piso
es tierra o gelatina.
Se me caducan las fuerzas
para tirar del carro,
tengo agotados los brazos e incluso la risa, esa que todos creen infinita.
Hay un tímido deseo de tener el valor de permitirme
embadunarme en la tristeza
sin miedo a enseñarla,
sin culpabilidad al masticarla,
sin prisa por matarla.
También hay celos
y una envidia embustera y sibilina,
que me susurran y me hacen sentir pequeña, a parte, aislada, prescindible.
Porque cuánto quisiera que me echen de menos también para las primaveras
y no solo en los inviernos.
Que no den por hecho,
que no me den por satisfecha
solo porque no se me gasta la sonrisa,
que el que siga hacia delante
no siempre es determinación,
en la mayoría de los casos es inercia.
Que cuando lloro es a escondidas,
que cuando me duele disimulo,
que  a veces me sabe a libertad callarme entre tanto ruido,
pero otras... el silencio me apuñala.
Que quiero que algunos ojos aprendan a descifrar mis llamadas de auxilio, esas que están en un idioma que ni yo misma conozco.
Todo esto es un grito con mordaza,
un apretar los dientes por no moder,
una rabieta en una habitación sola y a oscuras,
esto es lo invisible,
esto es lo que a nadie
dejo ver.

Si lo esencial es invisible a los ojos,
¿lo invisible es esencial al corazón?

domingo, 22 de noviembre de 2015

Transplante de alegría

Quisiera tener fe.
Aunque no la necesite.
Quisiera tener a quién dirigirme
para pedirle que todo vaya bien,
que creo yo que ya nos toca
una ración de buena suerte,
que lo solucione y nos regale tranquilidad por Navidad.
Que no nos hacía falta esto
para sentirnos unidos y fuertes,
que esa lección ya la teníamos aprendida de hace tiempo.
Que, joder, esto no es justo,
y aún así apenas nos hemos quejado.
Que, por favor, nos los devuelvan recargados de energía
pero con las almas intactas.

Pero cuando no hay fe, no hay Dios, y cuando no hay Dios no sabes a quién dirigirte.
A quién reprocharle,
a quién agradecerle.
Así que solo queda lanzar las palabras al viento,
repetirte tantas veces "esto también pasará"
hasta que se convierta en ley, admirar el coraje ajeno,
confiar en la sabiduría y la justicia del tiempo,
en la inmensa fuerza de la familia,
entrelazar las manos
y dar otro paso más.
El penúltimo.

Y atravesar las paredes que nos van a separar
con el embiste del cariño,
romper el aislamiento
con el calor de nuestro cuerpo,
empujar a los días con todos nuestros músculos
para que se sucedan lo más rápido posible
y os depositen de nuevo en vuestro hogar,
que es el nuestro.

Ellos trans-plantarán primero,
y nosotros, todos juntos,
regaremos después
con unas cuantas lágrimas
pero sobre todo con sudor y aliento,
regaremos
para que las raíces sean firmes,
para que nunca paren de crecer.

No tardéis en volver,
os estaremos esperando
con los brazos más cálidos y abiertos.

jueves, 13 de agosto de 2015

A ver

A ver,
cómo te cuento,
cómo te explico,
que no duermo igual de bien,
que me despierto con dolor de espalda
(por no decir de corazón),
que me aburren las sábanas
que solían apasionarme,
que me siento torpe
y desnudarse no tiene sentido,
que hasta lo más inconexo y lejano
me conduce a ti,
que mis palabras y mis secretos
no saben a donde ir
sino es de mi boca a tu regazo,
que se me están oxidando los besos
y congelando las caricias,
que me tengo que buscar las mañas
para que el corazón no se me detenga,
que ahora la rutina es eso: rutina
cuando solía ser la aventura de tenerte
respirando fuerte a mi lado,
que mis ojos tienen mono
y mis manos se me antojan
ortopédicas,
desubicadas,
histéricas,
que nadie me toca el pelo
y yo creo que por eso me duele la cabeza,
que esta casa parece un hotel,
que esta cama es enorme,
que no sé donde encajar ninguna de mis esquinas,
que me faltan tus dedos apretándome al cruzar la calle,
los maullidos,
las risas a deshora,
y tus pestañas abanicándome
en este verano tan pegajoso.

A ver,
cómo te digo,
que no eres la razón,
pero sí un motivo
tan hermoso como poderoso
para darle a mis carcajadas
y a las alas de mi espalda
rienda suelta,
que en el momento en el que encajamos nuestro día a día
esta mezcla de pieles y alma
se hizo homogénea,
y eso es muy difícil de separar,
que aunque antes la distancia
era algo que lográbamos llevar,
ahora no la quiero ni en pintura,
no la aguanto,
que aunque sepa que tu ausencia
tiene fecha de caducidad,
no por eso me da tregua en sus arañazos.

A ver,
cómo te hago entender,
que te añoro con fuerza,
y que me encanta
que se me trastoquen los sentidos
por estar apenas unos días sin ti,
que aunque maldiga a los kilómetros,
adoro sentir
que nunca olvidaré
eso de echarte de menos.

lunes, 25 de mayo de 2015

Historia de un tatuaje

Érase una vez una niña que le tenía miedo a lo eterno.
Huía de las promesas, de los planes, de los siempres y de los jamases.
Porque de todo se cansaba, no solía acabar nada de lo que empezaba.
Vivía todo con una intensidad tan potente que no podía durar más de unos cuantos instantes.
Y al final, se acababa desvaneciendo.

Su madre le enseñó la historia de El Principito.
Le mostró la importancia de cuidar a los tuyos,
aunque estés en otro planeta.
Como el protagonista de esta historia,
la niña *no renunciaba a una pregunta una vez que la había formulado.*

Y preguntando y preguntando,
la niña no pudo evitar crecer y se convirtió en una muchacha salvaje.
Iba sembrando un caprichoso caos bajos sus pies,
y dejó a su paso carcajadas y bailes,
mares de llantos (*es tan misterioso el país de las lágrimas...*),
trozos de corazón y de piel,
dudas y locuras,
gritos y unos cuantos dramas innecesarios.
*Era demasiado joven para saber amar*,
pero aun así lo intentó de todas las maneras que supo.
Coleccionó algunas despedidas,
se dejó zarandear por el viento,
y se rodeó de grandes pájaros que la ayudaban a volar
cuando ella no tenía fuerzas para hacerlo.

Comenzó a comprender que
*hay que exigir a cada uno lo que puede dar*,
incluso a una misma,
y que había cosas que sí que era imprescindible
que duraran para siempre:
sus familia y sus amigos.
Porque *si ellos, por ejemplo, venían a las seis ella comenzaba a ser feliz a las cinco.*
Y se dijo, sin miedo en los labios,
que ellos estarían ahí para siempre,
y que ella jamás los perdería.

Entonces la muchacha, igual que El Principito, conoció a una rosa.
Y se dejó domesticar.
Porque domesticar no significa doblegar o subyugar.
*Domesticar significa crear lazos, ser único para otro en el mundo, y que él lo sea para ti.*
Ella invirtió amor y tiempo con su rosa, y eso fue lo que la hizo importante.
Y supo que *era responsable de su rosa.*
Y era responsable de sus pasos.

Entonces decidió que era el momento de tomar las riendas,
y en vez de dejarse llevar por las tormentas,
eligió volar.

Y ya no volvió a ser muchacha salvaje nunca más,
y ya no volvió a tener miedo a lo eterno.

Y quiso dejar grabado en su piel
de una manera imborrable
todo lo que su madre le había enseñado,
todas esas alas que la hacían despegar
sin dejarse descontrolar por el viento,
que la ayudaban a volar
manteniendo los pies en el suelo
y los ojos y la ilusión en el cielo.